Realmente fue un auténtico sacudón el que produjo el discurso del presidente Maduro el pasado martes. Fueron notables las arremetidas contra la verdad, contra la lógica y hasta contra el idioma. En primer lugar, fue un claro atropello a la verdad el hecho de negar o ignorar, entre otros, fenómenos tan sufridos y evidentes como la inflación o el desabastecimiento de alimentos y medicinas; también resultó un desafío a la lógica el empecinamiento en reforzar políticas y actores cuyo reemplazo era precisamente el objetivo que el propio Maduro venía anunciando con insistencia y, finalmente, fue doloroso el ensañamiento contra el idioma cada vez que el primer mandatario le atribuía a numerosas palabras una curiosa pronunciación que sugería que no estaba familiarizado con su manejo.

Y aunque el tono del discurso no ofreció ni la décima parte de la carga agresiva que el difunto solía imprimirle habitualmente a los propios, su contenido -o más bien, la falta de éste, el desdén por la agonía que disuelve al país- y la excesiva dosis de “más de lo mismo” podrían calificarlo como un acto de provocación ante la evidente falta de respeto a la inteligencia y a la paciencia de los ciudadanos. Y ya sabemos por experiencia que la provocación de este régimen no persigue otra cosa que acentuar la radicalización de dos polos opuestos en la sociedad venezolana, fenómeno cuya escalada invariablemente termina favoreciendo al gobierno.

No es fácil, entonces, conciliar la indignación creciente que genera la acumulación de los problemas provocados por las políticas contra natura del gobierno -o, en los casos más leves, por su displicencia- con la necesidad incuestionable que tenemos de evitar caer en el juego de la polarización política con el cual nos tientan a diario para que actuemos visceralmente, tomemos cuanto atajo aparezca, entremos en territorios facilmente criminalizables y peleemos entre nosotros mismos haciendo inviables hasta los más mínimos acuerdos que procuren las estrategias y la indispensable organización que nos permitan alcanzar los equilibrios necesarios para la recuperación institucional del país, sin la cual es imposible aspirar a un gobierno para todos sin excepción.

Aceptar que quien piensa diferente a nosotros no siempre está animado por la estupidez o la corrupción amplía la capacidad de convocatoria, indispensable para emprender cualquier iniciativa de organizar a un grupo de ciudadanos en torno a objetivos comunes. Por suerte, la conciencia de que no hay una salida pacífica sin despolarización política ha comenzado a trascender del mero discurso y está ofreciendo testimonios de indudable utilidad práctica. Identifico tres ejemplos en distintos niveles.

En el Estado Vargas funciona la Asociación Camurí Grande, nacida para afrontar las necesidades de la zona a raíz del deslave de 1999, que arrasó de manera bastante democrática con todo lo que encontró a su paso. Hoy, a sus fundadores, el Club Camurí Grande, la Universidad Simón Bolívar Sede Litoral, la Diócesis de La Guaira y los condominios de varios edificios de la zona, se han unido permanente u ocasionalmente, el Dividendo Voluntario para la Comunidad, Venezuela sin Límites, la Fundación Monseñor Castillo Toro, la Fundación Orellana, el Ministerio de Ciencia y Tecnología, la Gobernación de Vargas, la Fundación Tamayo, la Fundación Eugenio Mendoza, la Fundación Montoya, Venamchan, la CAF, Churromanía, KFC, Banco Mercantil, BNC y Citibank, entre otros. La labor de este centro, accesible económicamente para la comunidad, va desde atención médica y odontológica, servicios de sicología y optometría, educación inicial y primaria, clases de música y canto, clases de computación y oratoria, intercambios internacionales y hasta participación en la canalización del Río Camurí Grande. Su lema parece ser la corresponsabilidad y la tolerancia. Basta ver el espectro de contribuyentes y admirar cómo esta iniciativa ha sobrevivido con éxito a todos los vendavales políticos de estos últimos catorce años para advertir que sus beneficiarios deben tener un sentido de pertenencia inmune a cualquier sabotaje o manipulación.

A través de Twitter he visto iniciativas de una organización llamada @Reconocernos que procura apelar a la razón y a la inteligencia de cada quien para que intente comprender en qué consiste la visión con la cual antagoniza. En un ejercicio muy interesante se le pide a cada quien que examine una lista de aspectos que se le podrían reconocer como positivos al sector del cual discrepa. Su meta es añadir nuevos postulados a ambas listas. También han realizado actividades en zonas populares en el mismo espíritu de propiciar el reconocimiento y el respeto mínimos que hagan prevalecer la convivencia por encima de cualquier posición política.

El último pero no menos importante ejemplo lo encarna Henrique Capriles Radonsky, incansable trabajador que ha hecho de la despolarización política su emblema sin que por ello haya dejado de ejercer la crítica ni ofrecer en la medida de sus fuerzas, posibilidades y recursos, una alternativa de gobierno viable y duradera.

Algunos subestiman estas iniciativas porque no son de efectos rápidos; sin embargo, su permeabilidad es poderosa porque apelan a la empatía. Cuando se ofrece comunicación en lugar de adoctrinamiento, sentido de pertenencia en lugar de  actitud clientelar, respeto en lugar de manipulación se produce un empoderamiento genuino porque se crean redes complejas que se apoyan en la cooperación voluntaria, práctica, inteligente y solidaria en función de unos intereses comunes. Y contribuyen a forjar la capacidad de discernimiento.

Cuando se acerquen momentos cruciales de definiciones fundamentales, los lazos creados por esas redes no solo serán determinantes, serán insobornables.