Hace exactamente tres años, a principios de 2010, cuando resultaba inconcebible imaginar el futuro mediato de Venezuela sin la férrea conducción del hoy desaparecido presidente Chávez, el ensayo de Ana Teresa Torres llamado La Herencia de la Tribu, se convirtió en el acontecimiento literario del momento. Su tesis, rigurosamente sustentada, dio con las razones atávicas que explicaban el avance de la revolución bolivariana y nos permitió sacar la aterradora conclusión de que algunos genes de nuestro ADN cultural parecieran aferrarse indefectiblemente al héroe guerrero como modelo a seguir y al recuerdo de nuestra guerra de Independencia como la única empresa exitosa que hemos emprendido. De ahí nace el atractivo del caudillo que esté dispuesto a reeditarla en versión actualizada.

La autora nos reafirma con profusa documentación que los períodos de gobierno civil en Venezuela desde 1830 hasta hoy han sido simples paréntesis. La condición de héroe o de patriota está asociada siempre a una gesta militar y sólo en segundo término a virtudes más civilistas como la resistencia o la tolerancia. ¿Cuántas veces no hemos sabido de gente civilizada y culta que ante cada crisis política surgida en el país considera que “esto sólo lo resuelven los militares”? ¿Cómo se explica, entonces, el éxito soterrado pero indudable del fracasado golpe del 4F?

No en vano el expresidente Chávez mantuvo siempre el tono beligerante o, en su defecto, insertaba términos bélicos hasta en los temas más candorosos. Todo admitía su equiparación con una batalla: ambiental, alimentaria, de vivienda, financiera, cambiaria… y así ad infinitum. Ese fue el engranaje entre las glorias patrias alcanzadas por nuestros Libertadores y la revolución bolivariana como instrumento para la restauración de aquéllas.

Pero otro modo de hacer las cosas está despuntando totalmente a contrapelo. La evolución de la campaña electoral desarrollada por Henrique Capriles y el aprendizaje y crecimiento personal del propio candidato se están apartando vertiginosamente de la versión “artillada” de la confrontación política, aunque sin prescindir de los necesarios matices heroicos al haber optado por ir a esta campaña con plena consciencia de la desproporción de dificultades a enfrentar, al estar dispuesto a abordarla con recursos y apoyos muy limitados y, finalmente, al haberla asumido con entrega absoluta. Pero hasta allí la dosis de épica.

Cuando Henrique Capriles revocó la convocatoria de la marcha al CNE el pasado miércoles 17 de abril, aparte de desmontar “el caso penal” que estaba cantado -y que tendría su fundamento en los hechos violentos que sobrevendrían ese día por un eventual desbordamiento de las pasiones-, dio señales importantes de que estamos en presencia de un nuevo estilo. Exhibió una aplastante serenidad en un clima de alta volatilidad. Nos mostró, además, que no le importa sacrificar estrategias o perder popularidad, que es capaz de razonar “en caliente” y reconsiderar una medida por más tomada que esté, que puede dar “un paso atrás” y asumir el costo político que eso significa. Con este acto hubo una clara ruptura con el paradigma de “tierra arrasada pero independizada” que proviene de nuestro mito heroico, tan bien alimentado en la última década.

Cuando Henrique Capriles insiste en defender su posición a través de la opinión pública pero dentro del camino de la Ley, mediante la documentación de las conductas irregulares, la interposición de los recursos y la presentación de las denuncias, es decir, al emplazar a las instituciones existentes para forzarlas a actuar correctamente o quedar en evidencia -para acudir entonces a las instancias internacionales-, está adoptando la vía más lenta y aburrida, es cierto, pero está apostando al camino de la civilidad, de la primacía del uso de la razón sobre la fuerza. Ahí cobra sentido la frase que tantas veces ha repetido el candidato cuando afirma que triunfar en esta lucha (y con “estas” armas) es más importante que ganar la presidencia.

Capriles ha dejado de lado y, más bien, ha evitado reivindicar ese elemento díscolo  de nuestro ADN cultural, que no es otro que la guerra, la confrontación, el uso de la fuerza. Por el contrario, hoy en Venezuela, por primera vez en mucho tiempo, es concebible reconocer a un héroe aunque se nos presente desarmado.

Una de las personas más sensatas que he conocido me dijo en una ocasión que cuando se madura verdaderamente todos los complejos se superan. Si Capriles triunfa en las acciones que ha emprendido, su mayor logro no sería la obtención circunstancial del poder, sino el haber roto las cadenas que psicológicamente han sumido a los venezolanos en la dependencia del inconcluso pasado heroico. Capriles encarnaría algo más importante: la demostración de que, por fin, Venezuela maduró políticamente y, consciente de su complejo, pudo superar la influencia del gen perturbador para quedarse solo con la parte sana de la herencia de la tribu.