Es ampliamente conocido el impacto de las redes sociales por el empoderamiento que éstas les otorgan a los ciudadanos comunes. La oportunidad que tiene el público de librarse de la intermediación y mediatización de sus genuinos intereses no es cuento. Esa posibilidad de superar la condición de receptor pasivo de la información para transformarnos en transmisores -y hasta generadores- de contenidos que pueden influir en un determinado asunto, es una poderosa y magnífica herramienta de cambio social, cuyo alcance ya ha quedado de manifiesto en todo el mundo y ha sido objeto de estudio.

Eric Schmidt, de Google, en su informe al Consejo del Siglo XXI de la Cumbre del G-8 celebrada en París en mayo de 2011, expresó que si la apertura sigue siendo la regla, Internet propiciará que los gobiernos sean más transparentes y permitirá un grado mayor de autogobierno: “Liberar los datos gubernamentales tiene un efecto inmensamente positivo sobre el gran público”. Y añadió que la computación “en nube” fomentará la creación de nuevos servicios gubernamentales ya que muchísimas personas tendrán acceso a la misma base de datos. Por su parte, David Brin, autor de The Transparent Society (Cambridge, MA, Basic Book, 1999) fue muy gráfico al describir este fenómeno con el término sousveillance, que es el producto de la adaptación del prefijo sous a la palabra francesa surveillance (vigilancia) para significar que se trata de una “vigilancia desde abajo” y cita ejemplos del control social que los ciudadanos han hecho con sus denuncias en las redes sociales sobre temas como accidentes ferroviarios, alimentos adulterados, contaminación del aire y corrupción oficial, entre otros.

Sin embargo, paradójicamente, la misma característica que hace beneficiosas las redes constituye su flanco débil. Esa capacidad epidémica de difusión aplica tanto a las denuncias, informaciones útiles o ideas innovadoras como a las especies engañosas y los rumores infundados.

Este lado oscuro o, más bien, desventajoso, de las redes sociales desde el punto de vista de su utilidad colectiva, también está completamente demostrado. Nicolas Berggruen y Nathan Gardels le dedican un capítulo de su libro Gobernanza inteligente para el Siglo XXI (Taurus Pensamiento) a las redes sociales y reconocen las dificultades que derivan de la excesiva inmediación puesto que propicia y, a veces, hasta exacerba la falta de reflexión. Contar con “unas redes sociales que solo intensifiquen la participación y la información inmediatas no harán más que reforzar a la ´necia multitud´”. Sostienen que transformar ésta “en ´multitud inteligente´ es uno de los retos fundamentales a los que se enfrenta la buena gobernanza en la era de las redes sociales. Trasladar los procesos deliberativos al ciberespacio, intensificar la capacidad de los grupos ad hoc para recopilar información, analizarla, organizar propuestas… comparar enfoques alternativos y negociar soluciones híbridas de ´sumas positivas´ son elementos que podrían contribuir a forjar la ´multitud inteligente´(a millones de ellas) a partir de las ´multitudes necias´ que hemos conocido hasta ahora.

No he vivido en otros países como para poder opinar sobre la idiosincrasia de otras sociedades pero, al menos en Venezuela, no me cabe duda de que el hábito de ser “el más enterado” o “el primero que se enteró” de los detalles más secretos de cualquier asunto de interés general, es una práctica muy arraigada desde mucho antes de que irrumpiera el fenómeno de las redes sociales. De hecho, Federico Vegas, en su interesante novela Sumario (Alfaguara, 2010), hace una mención incidental y jocosa de esa capacidad del venezolano de contar siempre con un primo o allegado que conoce de primera mano cualquier asunto que pueda ser objeto de interés público y yo agregaría, hasta de interés insano o morboso.

En tiempos electorales, cuando el clima es naturalmente antagónico y las estrategias electorales de ciertos grupos pasan por hacer que quienes se consideran adversarios incurran en errores o desinformaciones, nuestra idiosincrasia puede jugarnos una mala pasada en las redes sociales al convertirnos en instrumentos para sabotear nuestras propias iniciativas y burlar nuestros propios intereses. En estos días circularon muchísimos mensajes, reenviados de buena fe pero muy irreflexivamente, cuya lectura detenida le habría permitido al propio emisor percatarse de que apuntaban a fines dudosos, entre otros, a retardar la organización de los movilizadores del comando Simón Bolívar, a frustrar las contribuciones a la cuenta bancaria de Henrique Capriles, a apelar a decisiones viscerales y a generar un ambiente de intranquilidad y zozobra mayor del que habitualmente tenemos. Como siempre, los mensajes decían provenir de fuentes “confiabilísimas” que nadie conoce, cuya verificación habría sido muy fácil si hubiésemos hecho uso de la misma tecnología para comprobar si los mensajes procedían o no de donde decían venir.

Para este fin de semana próximo un buen propósito sería, ante cada mensaje proveniente de esas fuentes tan “exclusivas”, tomarnos unos segundos antes de oprimir la tecla “reenviar” para analizar cuál es la lógica de lo que se nos transmite y cuál es el primer impulso que se espera de nosotros después de su lectura. Las redes sociales serán vitales en las próximas horas. Es importante que las usemos inteligentemente.

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