Son tantos y tan interesantes los sucesos de la última semana que hay que encontrar algún método para su examen y mínima comprensión. Sobre todo, para que se advierta que lo ocurrido no es un simple golpe de suerte o el producto de una jugada aislada que esta vez le salió bien a la oposición. En su momento, esta columna reseñó y comentó algunas características y tendencias que se estaban conformando, que desde el domingo se hicieron obvias y que pueden tornarse irreversibles si los líderes de la alternativa democrática mantienen la claridad de sus objetivos y se conducen como lo han hecho hasta ahora. Veamos cuáles son:

          Acerca del régimen: hace año y medio (“Con Cárdenas a raya”, 13 de agosto de 2010) comparamos al jefe de Estado con Cárdenas, el galán de la novela de Cabrujas que poseía tres características: seductor, proveedor y autoritario, con las cuales mantuvo fascinada, al principio, y luego, atrapada en un juego de dependencia económica y sicológica a su esposa Pilar, a quien le costó diez años asimilar la situación real en la que estaba sumida para poder liberarse de ese yugo. Decíamos entonces que el desenlace de Cabrujas fue formidable porque la reivindicación de la sufrida señora de Cárdenas no estaba asociada al odio o a la venganza, ni a la búsqueda desesperada de otro marido que reemplazara al déspota, sino que radicó en la identificación racional de las oportunidades que le permitieran valerse por sí misma para lograr un doble objetivo: poner a raya a Cárdenas y tomar el control de su propio destino. Ahora, hace apenas dos semanas (“Nuevos aires en la política”, 3 de febrero de 2012) reiterábamos la paulatina pérdida de ángel por parte del gobierno, percibido aún como poderoso y apertrechado pero incapaz de ilusionar el corazón de nadie. Esa sensación la describimos “como si la energía que viene fugándosele imperceptiblemente por todas las rendijas encontrase por fin un polo opuesto capaz de atraerla y de mantenerla cohesionada.” Lo ocurrido el 12 de febrero es lapidario acerca de la orfandad afectiva en la que va cayendo el régimen, cuya reacción confirma, además, vista la folklórica e inejecutable decisión del Tribunal Supremo de Justicia destinada a perseguir a los votantes, que la coerción es la única fórmula con la que cuenta para que “su” gente no tumbe la cerca y se asome al otro territorio, cuyo atractivo va emergiendo indeteniblemente.

Acerca de la alternativa democrática: en la misma nota del pasado 3 de febrero admirábamos cómo la visión y la conducción de Ramón Guillermo Aveledo al frente de la Mesa de la Unidad Democrática conjuró los fantasmas de la falta de fe, la dispersión, el divismo y las salidas no democráticas, para sacar al grueso sector de la población que no se identifica con el actual régimen de la terrible inopia política en la que se encontraba. Con el avance del 12 de febrero los resultados de esa labor son visibles y su proyección futura es muy alentadora puesto que, a las cualidades exhibidas por ese equipo antes del pasado domingo, se sumó esta semana una nueva virtud, poco frecuente en política pero totalmente inspiradora cuando, como en este caso, sentimos tangiblemente sus efectos. Se trata del cumplimiento de las promesas hechas. Es difícil encontrar un precedente tan claro y contundente en el que la palabra sea honrada oportunamente en todos y cada uno de los asuntos ofrecidos, como fueron, primero, la aceptación de los resultados y la preservación de la unidad por parte de quienes no resultaron favorecidos con la opción ganadora y, segundo, la garantía de secreto del voto y de resguardo de la identidad de los votantes. Los efectos de esa credibilidad obtenida serán determinantes el 7 de octubre de 2012.    

          Acerca del candidato elegido: a finales del año pasado (“Puntos de encuentro”, 25 de noviembre de 2011) recordábamos cómo nuestro actual presidente, cuando contaba sólo con su verbo y no con el control de los poderes públicos “surfeó sobre la teoría de las redes complejas” mediante el método de conectarse con el mayor número posible de personas aunque éstas entre sí no tuviesen nada en común. Allí radicó su alta votación para aquel momento. También dijimos que el candidato que se ofrezca como la alternativa a Chávez debe trabajar en “el restablecimiento del tejido emocional que se ha roto” y que debemos deponer los prejuicios para comprender que “un gobernante, sin perder su esencia, debe desarrollar enlaces con sectores muy disímiles para conectar con todos y para poder representarlos a todos”. Henrique Capriles basó su campaña para la candidatura presidencial, precisamente, en esa estrategia,  inicialmente criticada por algunos sectores de oposición, pero cabalmente comprendida y apoyada por un caudal impresionante de venezolanos. Cuando la campaña avance descollarán otras características del candidato, esenciales para ejercer como presidente de la República: humildad, serenidad, claridad de objetivos y capacidad de trabajo. Ha dado muestras muy consistentes de su empeño en unir el país y en sustituir un régimen por un proyecto donde el único derrotado sea el radicalismo.

La credibilidad suele darle paso a la confianza y ambas a la ilusión. Las señales indican que, aunque haya aún mucho trabajo por delante, ya se prendió esa mecha.

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