La campaña electoral que se lleva a cabo para elegir al candidato que se enfrentará al presidente Chávez en los próximos comicios de octubre ha servido de marco para poner de manifiesto algunos hechos positivos que comienzan a revertir la sensación de vetustez, de agotamiento y de sequía que se asociaba con la oposición, al punto de que ahora estas características paulatinamente se han ido apoderando del gobierno, que sigue siendo percibido como poderoso y apertrechado, que lo es, pero cada vez más incapaz de enamorar e ilusionar de corazón a cualquier elector que no constituya uno de sus auténticos incondicionales. Es como si la energía que viene fugándosele imperceptiblemente por todas las rendijas encontrase por fin un polo opuesto capaz de atraerla y de mantenerla cohesionada.

El primer hecho que constituye un activo importante de esta campaña es la demostración palpable de que se puede salir de la inopia política cuando hay voluntad y disposición de rectificar, repensar y emprender un nuevo camino. Ramón Guillermo Aveledo tiene el gran mérito de haberlo visto y de haber organizado, contra todos los pronósticos, la expedición para transitarlo. La mesa de la unidad democrática no sólo ha podido canalizar con éxito todas las formas posibles de divismo sino que ha convertido en viable lo que hasta ahora era impensable: poner a raya ciertas fuerzas oscuras que del lado opositor siempre han gravitado para descalificar la opción democrática y para hacer sentir como tontos a quienes no quieren atajos sino la vía electoral como opción única y exclusiva para remover al actual régimen del poder.

El segundo hecho positivo de esta campaña es que estamos viendo nuevas formas de hacer política. Reconozco que pensé mal cuando el precandidato Leopoldo López ofreció hacer un anuncio importante que parecía ser el retiro de su precandidatura, puesto que todos los precedentes conocidos de alianzas electorales siempre han sacrificado a quienes menos lo merecen. La desconfianza con la cual comencé a ver la rueda de prensa fue dando paso a la incredulidad, primero, y al entusiasmo, después, porque al examinar objetivamente quién ganaba y quién perdía con este anuncio encontré que sí, que López declinaba en favor de Capriles, pero, para mi sorpresa, las precandidaturas a gobernaciones y alcaldías de ambas tendencias se mantenían en la contienda y no eran objeto de negociación alguna. Por primera vez en mucho tiempo vi a dos políticos cuyo reacomodo recíproco no privó de opciones a los electores ni frustró otros liderazgos emergentes que tienen derecho a luchar por su espacio propio y natural al margen de los padrinazgos. Esto no es poca cosa y constituye una referencia ineludible para cualquier pacto político que se realice en el futuro. De hecho, si examinamos esta alianza desde el discurso que todos los precandidatos han desarrollado, aquí no puede haber perdedores porque a nadie se le ha escamoteado su base natural de electores; por el contrario, si alguno considera, de buena fe, que la dupla Capriles-López es incompatible, contradictoria o ficticia, puede tomar la opción que siempre se ha mantenido de votar por cualquiera de los otros precandidatos, cuyos simpatizantes nunca han visto afectado su derecho de elegir. De hecho, en relación con este pacto la reacción de María Corina Machado, cuya campaña ha sido impecable, fue toda una lección de altura y madurez que demostró, por cierto, que el “ranking” político está cambiando vertiginosamente en las narices del presidente, bastante disminuido en su otrora agudo sentido del olfato.

El tercer hecho positivo es que la pluralidad de opciones que ofrece la oposición venezolana contribuye a que, aún cuando prevalezca un solo candidato, no se imponga una sola tendencia cuando se vaya produciendo la paulatina renovación de los poderes públicos, lo cual contribuirá a que se restaure el sistema de contrapesos. Hay una clara posibilidad de que los defensores del pensamiento único que están hoy en el poder, aunque mantengan un espacio político y tengan el derecho a defender sus puntos de vista, ya no tengan la oportunidad de imponer sus ideas por la fuerza.

El cuarto hecho positivo es la percepción de que todos los precandidatos están en acción, en movimiento, en franca disposición a convocar, a ilusionar y a despertar la emoción de un país, en claro contraste con la opción actual, atornillada, avejentada, pesada y endurecida, cuya única fuerza radica ahora en el poder que aún conserva para privarnos de opciones y escamotearnos derechos.

El 12 de febrero tendremos una ocasión extraordinaria para expresar nuestras preferencias, para ejercer nuestra ciudadanía y para apostarle a la esperanza.

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