Nunca antes había quedado de manifiesto de manera tan perceptible para el gran público cómo las redes complejas están presentes en los aspectos más disímiles. Aunque nuestra vida cotidiana no nos vincule directamente con la comprensión del intríngulis del genoma humano o con la organización de una colonia de termitas (ni falta que hace), otras actividades que sí son habituales, como el acceso frecuente a Internet o la incursión en redes sociales como Facebook, por ejemplo, están contribuyendo con nuestra mejor percepción del fenómeno, de su importancia y de su utilidad y también constituyen la demostración tangible de que ya todos formamos parte de lo que el sociólogo Manuel Castells identificó como la Sociedad Red, cuya consolidación está cambiando la comprensión del mundo.

Una red compleja es un conjunto de puntos que se conectan a través de enlaces y presenta una característica curiosísima: cuando uno de sus puntos tiene muchos enlaces hay mayores probabilidades de que cualquier nuevo punto se conecte con éste y no con los que presentan un nivel bajo de conectividad. Esta es una regla que se cumple tanto para lo bueno como para lo malo, para la difusión de una buena noticia por Internet y para la expansión de una enfermedad con el riesgo de que se convierta en pandemia. Ha sido importante la identificación de esa regla y la posibilidad de encontrarle usos prácticos que contribuyan a mejorar nuestras vidas.

Uno de los hallazgos insospechados en esta materia proviene de un estudio que parte del reconocimiento del lenguaje humano como una red compleja. Dos físicos argentinos, Mariano Sigman y Guillermo Cecchi examinaron la red semántica Wordnet construida por el lingüista George Miller en la Universidad de Princeton que consta de más de 150.000 palabras, está compuesta por nombres, adjetivos, verbos y adverbios y define las posibles relaciones que estas palabras puedan tener entre sí. Aunque la lógica sugiere que cada palabra debería diferenciarse totalmente de cualquier otra no sólo en cuanto a estructura sino también en su significado, la realidad es que existen diversas palabras que significan lo mismo (sinónimos) y palabras idénticas que tienen significados muy diversos (vocablos multívocos o polisémicos). Este fenómeno ocurre en todas las lenguas. El estudio de estos físicos reveló dos hechos interesantes: que las palabras de contenido más general tenían el mayor número de conexiones y que si se eliminaban de la red las palabras multívocas o polisémicas, la red perdía eficiencia y la distancia entre palabras aumentaba considerablemente; para decirlo de otro modo, la ambigüedad propia de la polisemia representa el punto de encuentro entre palabras que de otra forma jamás se conectarían y es la que contribuye a que la comunicación sea más fácil, fluida y eficiente.

Dada la aceptación pacífica de estas conclusiones por parte de la comunidad científica, resulta interesante y tentador intentar extrapolarlas al hecho político dentro de la sociedad red ya que el objetivo de aquél es la obtención del bien común, su instrumento por excelencia es el poder de convocatoria, es decir, la posibilidad de conectar con el mayor número posible de personas y su herramienta básica es el lenguaje. Si nos remontamos a la campaña electoral de 1998 en la que nuestro actual presidente sólo contaba con su verbo y no con el control de los poderes públicos podemos recordar claramente cómo Chávez surfeó sobre la teoría de las redes complejas a través de un método muy sencillo: logró convocar a un número significativo de personas que no tenían nada en común entre sí pero que tenían algún punto de encuentro con él y establecieron una conexión. Que después de hecho con el poder su estrategia fuera desunirlas es otro cuento.

En el futuro próximo, cuando se decida quién debe ser el candidato que represente la opción alterna a Chávez, será fundamental el restablecimiento del tejido emocional que se ha roto. En ocasiones, nuestros intereses particulares o nuestros prejuicios nos hacen presa fácil de los actos de provocación de quien, después de empoderarse, abandonó la polisemia y adoptó el radicalismo como doctrina; ello nos impide comprender que un gobernante, sin perder su esencia, debe desarrollar enlaces con sectores muy disímiles para conectar con todos y para poder representarlos a todos. Aunque a veces nos disguste no hay otra opción pacífica posible.

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