La sensación de inseguridad y desamparo ante la acción del hampa ha sido identificada como uno de los principales problemas de los venezolanos, quienes perciben una débil respuesta institucional ante el robustecimiento de la delincuencia organizada y hasta de la ocasional como  flagelos cuya extensión se pierde de vista. Ciertamente, los órganos del Estado lucen totalmente desbordados y compelidos a adoptar criterios selectivos acerca de cuáles delitos perseguir en razón de su gravedad o del impacto que tienen en la sociedad, convirtiendo así el catálogo de delitos tipificados en el ordenamiento jurídico en un texto literario en lugar de lo que debe ser: un instrumento coercitivo, es decir, disuasivo e intimidatorio. Ni hablar de las políticas penitenciarias o las de prevención, cuya instrumentación es absolutamente indispensable para que el Sistema de Justicia no colapse y pueda cumplir con sus fines.

La orfandad en la que se siente el venezolano en este campo le ha creado una situación de angustia y desasosiego que urgentemente debe ser transformada en un estado mental y en una actitud que reduzca sus posibilidades de ser víctima de delitos.

Desde mediados del siglo pasado surgió, dentro de la Criminología, una disciplina que se bautizó como Victimología. Esta rama de estudio se ha dedicado a sistematizar el conjunto de conocimientos biológicos, sociológicos, sicológicos y criminológicos que guardan relación con la víctima directa de algún delito con el objeto de estudiar su conducta y sus circunstancias, no sólo como efectos de una acción delictiva sino también como una de sus causas posibles.

Sobre esta base científica se apoyan numerosísimos trabajos que han examinado a aquéllos contra quienes recae una conducta delictiva y han identificado categorías que van desde la víctima ideal, es decir, aquélla que no tiene participación activa o cuya conducta, incluso, es disuasiva para los delincuentes, hasta la víctima propiciadora del hecho delictivo como sería el caso de alguien que fanfarronea con la cantidad de dinero que lleva encima. No faltan las categorías intermedias que incluyen a la víctima ignorante o imprudente, cuya credulidad la convierte en un blanco interesante para fraudes o estafas, por ejemplo, y a la falsa víctima que simula haber sido afectada por un delito para obtener algún beneficio.

Acaba de publicarse un excelente trabajo llamado “Guía Anticrimen” cuyo autor es el comisario Iván Simonovis, donde de manera muy amena y sencilla se introduce al público en éstos y otros conceptos con el objeto de facilitarle el desarrollo de sus propias estrategias de prevención del delito para que reduzca las posibilidades de ser “la próxima víctima”.

La guía consta de seis secciones: los factores que propician el delito, cómo se forma un delincuente y el perfil que llega a desarrollar, los escenarios ideales para un delincuente, estadísticas según los tipos de delitos, consejos para evitar ser una víctima fácil y el delito de secuestro.

Si bien resulta imposible prever todas las situaciones posibles, la guía contiene un balance perfecto para que el gran público conozca los fundamentos esenciales de la conducta criminal, los delitos más recurrentes, las ocasiones más propicias e internalice esta información para adaptarla a su realidad personal de modo que pueda desarrollar una estrategia de prevención de riesgos. La lectura induce a una autoevaluación de la propia situación para identificar las fuentes de riesgo potencial que podrían ser controladas.

A alguien a quien se le ha privado de libertad, sobre todo si su prisión es injusta, debe resultarle difícil concentrarse en asuntos desvinculados de su propia tragedia personal. Eso es comprensible, ya que la indignación, la frustración y el desaliento suelen apoderarse del espíritu y escamotean una parte del buen ánimo que ya está comprometido en la lucha por la supervivencia diaria y por la esperanza del reencuentro con la familia. Por esa razón, me parece admirable la iniciativa del comisario Iván Simonovis de publicar este interesante trabajo que contribuye a que todos logremos ese nivel de consciencia y asertividad indispensables para enfrentar el desbordamiento del delito, uno de nuestros infortunios más alarmantes.

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