La expresión parece un oxímoron y, efectivamente, sirve para describir en tres palabras una situación tan paradójica como real. En varias partes del mundo se desarrolla actualmente una frenética actividad que va en procura de la conquista de otros países, de la imposición de la propia hegemonía cultural y de la expansión del área de influencia a todo el orbe, metas éstas que, desde siempre, han representado objetivos típicos de una guerra; no obstante, la fórmula para lograrlas no puede ser más amable y cordial. De hecho, las municiones de esta batalla hoy se conocen como soft power, el poder suave, la influencia a través de la cultura, en contraposición al tradicional hard power, cuya fuerza radica en la coerción y en el poderío militar.

Es la guerra de los contenidos, desperdigados ahora en formatos muy diversos que hoy día se entremezclan gracias a las tecnologías de información, cuyos principales vehículos -las redes- garantizan que lo expresado en libros, música, cine, videojuegos, series de TV, talk shows o noticieros pueda ser difundido sin limitaciones temporales o geográficas y se convierta en producto de consumo masivo o en algo más importante, en referencia cultural con la cual el resto del mundo llegue a sentirse identificado.

El fenómeno ha sido magistralmente estudiado por el sociólogo y periodista francés Frédéric Martel, quien realizó más de 1.200 entrevistas a fuentes vinculadas directamente con el área del entretenimiento y la información en 150 ciudades de 30 países del mundo. Publicó los resultados de su investigación en el libro Cultura Mainstream, Taurus, 2010, y las fuentes consultadas en el sitio web fredericmartel.com. En materia de cine contrastó, entre varias opiniones, las de los jerarcas de los grandes estudios y los productores independientes de California, así como las de los responsables de Media City -los estudios de cine y televisión egipcios-, sin olvidar las de distintos productores de Bollywood, el ya famoso complejo ubicado en India. Investigó la geopolítica de los dramas (series) asiáticos, de los mangas japoneses, de los culebrones del Ramadán y de las telenovelas latinas (made in Miami). En cuando a las cadenas de información, identificó el nuevo formato N & E (noticias más entretenimiento, por sus siglas en inglés) y su expresión concreta en el mundo: junto a la infaltable visita a CNN en Atlanta, también entrevistó a Andrés Izarra de Telesur e hizo lo propio en varias sedes de Al Yazira. Exploró manifestaciones interesantes como la libanización de la cultura europea, la americanización de Turquía y la competencia entre Brasil y China para destronar el liderazgo cultural europeo en el continente africano. En fin, la profusión de datos de todo tipo acerca de todo el mundo con la que documenta sus percepciones y con la que nos induce a sacar nuestras propias conclusiones se traduce en un apetitoso menú que, incluso, abruma un poco por la exótica mezcla de ingredientes.

Los datos muestran como la batalla de los contenidos la está ganando Estados Unidos de América, quien luce preparado y dispuesto a adaptarse a cualquier innovación, lo cual indica que será difícil de destronar. No hay novedad, pero lo sorprendente del asunto es que la razón por la que esto está ocurriendo no parece tener relación alguna con el control del capital. Se derrumba cualquier teoría fundada en la propiedad de los medios de producción como instrumento para controlar el contenido. Esto sí es novedad. Vemos, entonces, que las empresas japonesas Sony y Columbia lo que transmiten es cultura estadounidense y el resto de los grandes estudios de este país tiene inversiones cada vez más crecientes de los árabes, indios y chinos de Hong Kong; que la música difundida por la británica EMI, la francesa Universal y la japonesa Sony son fieles a la impronta estadounidense y que los best sellers gringos de Random House realmente son publicados por la alemana Bertelsmann. El capital extranjero, en lugar de arrebatarle a Estados Unidos el control de los contenidos, ha reforzado su cultura al aportarle los medios financieros para el desarrollo de su industria creativa y para la exportación de “su” modelo. Según Martel, el secreto de los estadounidenses radica en haberse nutrido de su propio multiculturalismo y su propia diversidad para hacer productos universales y globales, a diferencia de los franceses, los indios o los árabes, cuyos bienes culturales solo pueden ser consumidos por los locales y son difícilmente exportables.

Otra sorpresa es la lenta pero sostenida declinación de Europa, donde el envejecimiento de su población la ha rezagado en el uso masivo de las tecnologías de información y la mantiene a la defensiva en relación con la inmigración, que es, precisamente, la que puede aportarle a ese continente, como ocurrió con Estados Unidos, la vitalidad y el impulso necesarios para renovarse.

En esta guerra de contenidos, algunos países han adoptado una estrategia antiestadounidense que ha resultado curiosa porque han pretendido competir con un modelo similar y, en el fondo, no han hecho más que reforzarlo. En todo el mundo la otra cultura, la cultura de referencia entre los jóvenes, es la estadounidense. Eso no significa que, según Martel, en Río, México, Mumbai, Yakarta, Hong Kong, Seúl, Beirut y Riad los actores no estén dispuestos a poner a competir la suya; por eso, acudirán a la cita que comenzó a plantearse a partir de la era digital cuando comenzaron a abrirse nuevos caminos. Ciertamente, los ganadores serán los países que, sin parroquialismo y sin prejuicios tontos, aprendan a aprovechar las oportunidades del nuevo mapa geopolítico que apenas se está dibujando.