Hace un par de meses aproximadamente se publicó una hermosa novela titulada Formas de Volver a Casa que recrea los recuerdos de un niño de corta edad en el Chile de Augusto Pinochet. Su autor, Alejandro Zambra, tiene el enorme talento de colocarnos frente a una rendija e introducirnos en un ambiente con la visión y desde la perspectiva de un ser inocente y desprejuiciado que, por alguna razón, atesora unos recuerdos y los guarda durante años hasta que la madurez le permite comprender su significado.

Uno de los mayores atractivos de este libro es, a mi juicio, que no necesita describir hechos de sangre ni escenas desgarradoras o truculentas; su tesitura tampoco se decanta por la denuncia ya que, en realidad, a nadie se le acusa en concreto de crimen alguno; sin embargo, la novela es lapidaria por la forma vívida como pone de manifiesto un clima, un sentimiento, unas sensaciones que moldearon o condicionaron conductas que veinte años  después resultan difíciles de explicar.

Examinar lo que ocurre hoy en Venezuela bajo una perspectiva como la adoptada por Zambra puede ser una experiencia aleccionadora, porque no se trata de valorar nuestras conductas bajo tamices ideológicos que, a la hora de “arrimar al mingo”, de parte y parte, todo lo justifican. Por el contrario, de lo que se trata es de aceptar que la única medida plausible es la de poseer un grado de humanidad suficiente como para preguntarse con honestidad si, ante una orden manifiestamente abusiva e ilógica, sería posible tomar otra opción y cuál sería la peor consecuencia en caso de hacerlo.

Hay factores que obstaculizan esta reflexión porque, ante la estridencia de estilo propia de funcionarios como Mario Silva, Tomás Sánchez o el fallido Samán, por mencionar solo a tres de los emuladores más conspicuos del caballo de Atila -aquel que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba-, lucen como tibios los muy numerosos atropellos cotidianos, cometidos con más discreción y comedimiento, pero cuya recurrencia y “normalidad” contribuyen a consolidar ese irrespirable clima de atraso e incivilidad que comienza a caracterizarnos.

¿Cómo podemos calificar, entonces, la decisión que condenó a Oswaldo Álvarez Paz a dos años de prisión por haber emitido una opinión seria, calificada y documentada, acerca de las graves implicaciones que tendrían para Venezuela los hechos narrados por un tribunal de la audiencia española, según los cuales, grupos irregulares conocidamente vinculados con el terrorismo y el narcotráfico actuarían en nuestro país bajo el amparo de funcionarios del gobierno venezolano? Según el “razonamiento” expuesto,  Álvarez Paz es un penado por “haberse excedido” en la crítica al narcotráfico y a los alcahuetes que lo prohíjan, lo cual causó una “expectativa de zozobra” que no necesita ser demostrada. Pues, claro, ¿para qué?

¿Será que, ante la perspectiva, siempre al acecho, de ensañamientos más severos -como el ocurrido con los comisarios Simonovis, Vivas y Forero-, lo que toca es alegrarse y “agradecer” que la pena impuesta haya sido la mínima posible? Pues no, aquí solo cabe abrigar el único sentimiento que corresponde: el de indignación, por una decisión que no solamente atropella los derechos de un ciudadano cabal que no cometió delito alguno; decisión que, por añadidura, contraviene las más elementales reglas de la lógica y cuya aparente levedad es una ilusión porque, aunque carece del dramatismo del caso de los comisarios, igual funciona para surtir el efecto previsto, el que ya sabemos, el de contribuir al clima magistralmente descrito por Zambra, esa sensación de orfandad jurídica que todo ciudadano debe internalizar muy bien para que aprenda qué es lo que tiene que hacer: callarse y comportarse.

El hecho de que en Venezuela sea impensable, al menos por ahora, concebir bombardeos masivos a la población civil, pelotones de fusilamiento o campos de concentración no significa que no exista un entramado tangible concebido para sobrecoger y amedrentar la disidencia, el cual sólo puede articularse y fortalecerse si cuenta con el concurso de muchas actuaciones irreflexivas que, por cierto, no provienen de monstruos ni de fanáticos, sino de personas normales que simplemente anteponen su estabilidad laboral a la prevalencia de los valores y los principios en los que, incluso, probablemente creen.

Es hora de que estos seres tomen conciencia de su propia importancia y de su indudable capacidad para contribuir con el logro del objetivo que escojan: derrotar la infamia o perpetuarla.