Dentro de las gemas que suele escoger Paulina Gamus para distribuir entre los afortunados destinatarios de su lista de correo electrónico hay un reciente artículo publicado en el excelente sitio web Prodavinci.com, que se titula “El desapego”, el cual contiene una breve pero desgarradora reflexión de la escritora Mirtha Rivero acerca de la indolencia, la insensibilidad y hasta el desamor del venezolano ante personas o causas que, a juicio de la autora, debieron haber despertado un sentimiento colectivo de solidaridad más intenso. La nota cita tres ejemplos, el asesinato de Delgado Chalbaud, la defenestración de Carlos Andrés Pérez y la muerte de Franklin Brito, para ilustrar cómo el desinterés “se instala en automático y de repente. Cuando la puesta en escena deja de ser multitudinaria, espectacular y no produce dividendos”. Se trata de una conclusión general bastante severa que, justamente por ser una generalización, pero también, un llamado de alerta ante el peligro de que terminemos desahuciados como sociedad, tiene la virtud de surtir el efecto contrario al que denuncia: no nos deja indiferentes; al contrario, nos obliga como lectores a escrudiñar en nuestro inventario de recuerdos -y a sacudir un poco nuestro ADN cultural- para identificar si es cierto o no que la desmotivación y el desinterés se han apoderado de nosotros y, si fuere así, cuál sería el grado de dificultad para desalojarlos de nuestro espíritu y reemplazarlos con sentimientos como la compasión o la solidaridad en una medida más apreciable.

Varios acontecimientos ocurridos en esta década en Venezuela pudieran contribuir a la identificación un sentimiento que, ciertamente, se ha instalado en el ánimo del venezolano, que es difícil de definir y que pudiera confundirse con la indiferencia. Sus ingredientes son la desconfianza, el descreimiento y la cautela ante la manipulación de cualquier tema de interés colectivo que termine “ensartando” a los ciudadanos comunes en iniciativas que les generen consecuencias no previstas o, si lo fueron, no anunciadas deliberadamente por los convocantes.

El venezolano, hasta hace pocos años, desconocía el significado práctico del vocablo desconfianza y no calculaba que su sencilla vida doméstica estaría signada previamente por una estrategia gubernamental de largo plazo destinada a mantener el poder a perpetuidad mediante el control férreo de cada ciudadano. Un lento y enojoso aprendizaje le ha permitido captar que su cotidianidad se decide previamente en una sala situacional con métodos originalmente concebidos como estrategias de guerra. Esta percepción, fundada o no, lo ha ido replegando poco a poco en la medida en que ha internalizado cuan sólo y desamparado estuvo ante las inescrupulosas reglas de juego que le fueron impuestas, cuan desnudo y descubierto se encontró de pronto cuando, por ejemplo, fue incorporado en listados perversos y discriminatorios a merced de un gobierno cada vez más poderoso.

Esas condiciones abusivas tal vez hasta habrían podido representar un incentivo para tomar “mayores compromisos”, pero eso sólo habría sido posible si en estos años hubiese surgido alguna forma altruista y heroica de liderazgo que asumiera los sacrificios y costos de una batalla, de la magnitud que ahora sí conocemos, a conciencia del desequilibrio en las fuerzas. ¿Quién duda de que, por ejemplo, en la crisis de Honduras, Micheletti tenía claro desde el primer día que su papel sería, única y exclusivamente, el de recibir toda la avalancha de ataques que sobrevendrían y, regularizada la situación, el de entregar inmediata, definitiva e irreversiblemente el poder a otro que pudiera ejercerlo en condiciones de más estabilidad?

Con un poder cada vez más onmímodo y un liderazgo -como contrapartida- atomizado, egoísta, calculador, lento para discernir el tempo de los acontecimientos y corto para vislumbrar la vía que permita sortear o prevenir con éxito las interminables iniciativas del líder de la revolución, no digo yo que muchos venezolanos sientan desapego; deben sentir, además, una profunda decepción y un terrible descreimiento acerca de cualquier asunto ventilado ante la opinión pública que huela a manipulación de parte y parte. Por eso muchos evitan tomar partido, no vaya a ser que les estén tomando el pelo. Pero eso no significa que hayan renunciado a ser convocados y a comprometerse con su sociedad. Tal vez, sencillamente se están reservando para quien los merezca.