La mayor parte de las ideas que se expresan a continuación fueron publicadas en esta misma columna en la víspera del proceso electoral celebrado el 23 de noviembre de 2008 para elegir gobernadores y alcaldes, cuando resultaba absolutamente impensable que el sector oficialista perdiera cargos emblemáticos en territorios donde la revolución era considerada un fenómeno irreversible.

Desde hace un par de años figura en Internet un vídeo realmente impresionante que recoge “La última lección” de Randy Pausch en la Universidad Carnegie Mellon, clase magistral identificada con esa denominación y que en este caso resultó cumplida literalmente.

El quid del asunto radica en que a cada profesor invitado a participar en ese programa se le pide que imagine su charla como la última que dará en su vida, de modo que el sentido de preparar esta lección estaría en el esfuerzo de aprovechar esa oportunidad única para transmitir y legarle a otros la mejor enseñanza de la que se considere capaz.

A Pausch no le fue difícil visualizar esa situación límite para cumplir con el ejercicio puesto que, semanas antes de la invitación, le había sido diagnosticado un cáncer de páncreas que ya había hecho metástasis en su organismo. A sus 46 años consideró que, con la lección que debía preparar, más que lucirse ante sus alumnos o tratar de impresionar a los miembros de la comunidad universitaria, se encontraba ante una ocasión irrepetible para que sus propios hijos de 1, 2 y 5 años, conocieran un testimonio póstumo, pero útil, sobre lo que, a su juicio, serían las claves para identificar y solucionar las dificultades que surgen pero que, al mismo tiempo, le dan sentido a la vida.

Sus sabias y sensatas expresiones acerca de la importancia de afrontar la realidad, obrar de buena fe, tener la disposición para hacer siempre nuestro mejor esfuerzo y no arredrarse ante los obstáculos, cobraron una fuerza impresionante ante las circunstancias bajo las cuales fueron proferidas: “experiencia es lo que obtienes cuando no logras lo que quieres”; “cuando un muro aparece en tu camino está por una razón, no para detenerte sino para mostrarte cuánto realmente quieres lograr”; “el tiempo es todo lo que tienes y un día puedes encontrarte con que tienes menos del que pensabas”; “si vives tu vida de manera correcta, los resultados se harán cargo y los sueños te llegarán”; “puedes escoger que el tiempo que te quede esté lleno de energía y esfuerzo o puedes gastarlo quejándote”…

En fin, como no quiero privarlos del placer de disfrutar en YouTube del ya famoso vídeo de “La Última Lección” de Randy Pausch (puede buscarse también por Google o por Wikipedia), no abundaré en mayores detalles sobre el protagonista y su cautivante personalidad.

Lo que sí me resulta ineludible es la tentación de adoptar, a título de ejercicio, la misma premisa fatalista y examinar algunas de esas enseñanzas –dados el obvio desinterés y la patente sinceridad con los cuales fueron formuladas– en función de la coyuntura tan especial a la que nos enfrentamos el fin de semana próximo.

Lo que propongo es que nos imaginemos cuál sería nuestra actitud si tuviésemos la certeza de que el próximo domingo sería nuestra última oportunidad de participar en un proceso electoral del cual dependiese, efectivamente, el rumbo futuro e irreversible de nuestra sociedad. Nuestro ejercicio consistiría, entonces, en idear como único escenario posible que nuestra maltrecha –pero perfectible– democracia estuviese amenazada por el peligro de expiración después del 26 de septiembre. En ese supuesto, ¿nos sentiríamos convocados a participar en estas elecciones, acudiríamos masivamente a votar y a observar el proceso o simplemente engrosaríamos las cifras de la abstención? Ante una hipótesis tan adversa como la imaginada, ¿aceptaríamos que probablemente la magnitud de un “muro” como ese podría guardar proporción con nuestras ganas (o la falta de ellas) de saltarlo, atravesarlo o bordearlo? ¿estaríamos sinceramente dispuestos a identificar, revisar y modificar lo que hemos hecho incorrectamente? ¿dejaríamos pasar esa “última” oportunidad aduciendo la imposibilidad de superar el ventajismo, la intimidación o la trampa, es decir, arropándonos con la cobija de la autocompasión o, por el contrario, nos dispondríamos a actuar para que “no quedara por nosotros”, es decir, cumpliendo con nuestros deberes y derechos como ciudadanos y asumiendo cada uno de nosotros el papel que nos corresponde?

La verdad es que, en el fondo, no importa cuán cercano a la realidad o cuán descaminado de ella se encuentre este ejercicio. Su posible validez, si es que tiene alguna, no depende de anticipar unos resultados y acomodar nuestra conducta en función de la “Ley del Mínimo Esfuerzo” ya que, con ello, no hacemos más que dejarnos arrebatar el control de nuestras decisiones.

En su última lección, Pausch, ya desahuciado, no pudo ser más lapidario en su optimismo cuando afirmó: “no podemos cambiar las cartas que nos han dado, sólo decidir cómo jugaremos nuestra mano”. Y el mayor prodigio de su enseñanza fue, simplemente, reinvindicar la fuerza que tienen nuestros propios actos al margen de las circunstancias que los rodeen.

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