Quienes pertenecemos a esa generación que aspira, a pesar de haber alcanzado el medio siglo, a transitar todavía por algunas décadas más de vida útil, lo cual no luce tan descabellado gracias a los avances científicos y tecnológicos, comenzamos a tropezar con una dificultad existencial casi infranqueable: la actual escasez de referencias seguras y confiables, esas que nos garantizaron durante mucho tiempo una zona de comodidad o un punto de partida; y, también, el constante cambio de referencias -en todos los órdenes y al mismo tiempo- como consecuencia del vertiginoso desarrollo de la sociedad del conocimiento. Creo que se trata de un problema que generaciones anteriores experimentaron de manera distinta y con el cual las generaciones más jóvenes parecieran convivir perfectamente (y sortear admirablemente, Google y Wikipedia mediante).

La desazón asociada a este asunto no proviene, como es obvio, de los cambios cosméticos y seudo-simbólicos provocados por la revolución bolivariana, tales como un caballo volteado en el Escudo Nacional o el aumento en las estrellas de la Bandera. Es algo más general y profundo, cuyo impacto sicológico es tan intenso como intangible.

Cómo no padecer de cierto grado de desconcierto cuando, por ejemplo, así, de un día para otro, el sistema solar ya no es el mismo porque Plutón dejó de ocupar el último lugar de los planetas y resulta “irrecordable” el nombre de su sustituto; o cuando, contrariamente a lo que nos enseñaron, la estructura de las neuronas sí les permite regenerarse (lo cual, por cierto, no causa angustia sino que alivia); o cuando estudios serios muestran que aún si se redujesen “totalmente” las emisiones de dióxido de carbono no cambiaría en un ápice el estado del planeta; o cuando el símbolo que representó la caída del muro de Berlín no impide que hoy existan en el mundo más de 15 barreras similares entre países o entre zonas de un mismo país; en fin, cómo no extraviarse cuando buena parte de los axiomas que sustentaban la sabiduría convencional de “mi” generación se han derrumbado estrepitosamente …sin contar los que faltan por desmoronarse.

Uno de los que tuvo la inquietud de procurar la transmisión de referencias fue el periodista Ryszard Kapuscinski, quien posó su mirada atenta sobre hechos, fenómenos y personajes en los que identificó relevancia. “Hoy, para entender hacia dónde vamos”, dijo, “no hace falta fijarse en la política, sino en el arte. Siempre ha sido el arte el que, con gran anticipación y claridad, ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban… Si le aplicáramos a ella las categorías interpretativas que hemos elaborado para el arte, quizá lograríamos desentrañarla mejor y tendríamos instrumentos de análisis menos obsoletos que los que, generalmente, nos empeñamos en utilizar. Caídas las grandes ideologías unificadoras y, a su manera, totalitarias y en crisis todos los sistemas de valores y de referencia apropiados para aplicar universalmente, nos queda, en efecto, la diversidad, la convivencia de opuestos, la contigüidad de lo incompatible… Como el arte postmoderno nos enseña, quizá podemos darnos cuenta de que hay espacio para todos y que nadie tiene más derecho de ciudadanía que los demás”.

Otro valioso aporte lo constituyen los actuales artículos de Mario Vargas Llosa en el diario El País de Madrid. El escritor, alejado del “ombliguismo” tan común en muchos seudo-escritores de estos tiempos, no cesa de apuntar, generosamente, hacia obras de otros autores y hacia géneros y manifestaciones artísticas incluso distintas de la literatura, para que hagamos nuestros propios hallazgos y decidamos si nos satisface o no su selección.

Son sugerencias hechas con humildad, como la reseña de la Suite Francesa de Irene Némirovsky donde invita a explorar los alcances de la barbarie nazi al transmitirle a sus lectores claves que hacen irresistible abordar la lectura del libro; o

como el elogio a la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti, de quien se ocupó durante una hora en el marco de la presentación del libro El viaje a la ficción, del propio Vargas Llosa.

En otro artículo, el escritor, al referirse a la música, la privilegia por encima de su propio oficio cuando se suma a la opinión de Schopenhauer que la consideraba “el único instrumento con que contaban los hombres para comunicarse con aquella dimensión de la vida a la que no llegan el conocimiento ni la razón, esa zona oscura, divina o sagrada, de la que tenemos solo premoniciones o sospechas, nunca evidencias, salvo en aquellos privilegiados estados de trance en que cierta música excelsa nos arranca de nuestro confinamiento en lo terrenal y lo práctico y nos hace entrever, sentir, vivir por un momento de éxtasis, esa elusiva trascendencia, ese estado que los místicos llaman el ‘espíritu puro’ que encara a Dios”.

Hay que agradecer las iniciativas de quienes aún intentan proporcionarnos referencias, o siquiera claves para que nosotros mismos las encontremos, ya que no se trata de que nos persuadan con opiniones, sino de que nos muestren, o llamen nuestra atención sobre todo aquello que nos incite a la reflexión.

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