“Todos sabemos lo que hay que hacer, pero lo que no sabemos

es cómo ser reelegidos una vez que lo hayamos hecho”

Jean-Paul Juncker, presidente del Eurogrupo

La frase del epígrafe, expresada en el momento más difícil de la crisis de la zona del euro -desatada al develarse que el gobierno de Grecia falseó sus cuentas y la deuda del país era al menos cuatro veces más grande que la declarada-, fue una confesión sincera del dilema que suele asaltar a los políticos, quienes muchas veces quedan atrapados entre dos certezas: la de comprender perfectamente qué es lo que conviene al interés general y la de percibir vívidamente la impopularidad que puede acarrearles el tránsito por el camino correcto, sobre todo cuando los cantos de sirena de sus adversarios tienen el poder de captar a los desprevenidos y de contribuir a desmontar cualquier estrategia que no encaje dentro de la inmediatez o el populismo.

Cuando en la campaña de Bill Clinton para la presidencia de los Estados Unidos de América se popularizó, casi por accidente, la frase “Es la economía, estúpido”, la cual no era más que un recordatorio interno de que ese tema debía ser presentado como propuesta electoral a pesar de la indiferencia del público -que lucía más bien embelesado por los logros de la política exterior del presidente Bush (padre), guerra del golfo incluida-, al final se impuso sensatamente la capacidad de discernimiento de la población, que no traía un reclamo particular sobre el impacto de las políticas económicas en su vida cotidiana pero que captó la importancia y la conveniencia del camino propuesto por el candidato demócrata al punto de apoyarlo luego para la reelección.

En nuestro país, todavía bajo los efectos de la resaca que dejaron estos meses terribles de irreflexión y de su peor contrapartida, la represión brutal del gobierno contra todo aquel que se movilizara -aun legítimamente-, no hemos atinado a aglutinarnos en torno a un objetivo concreto y accesible que nos permita recobrar la alternabilidad democrática y cuyos resultados sean duraderos. Varias de las panaceas vendidas en los últimos meses, además de etéreas y efectistas, no hacen más que distraernos y, encima, su control está fuera de nuestro alcance. Por ejemplo, nadie descarta la posibilidad de que sobrevenga una implosión dentro de las filas oficialistas, pero su ocurrencia no depende de nosotros y solo tendría peso si llegara a concretarse verdaderamente y tuviese el impacto suficiente para producir un cambio fundamental en el rumbo que lleva el país. Tampoco es descartable que se produjese un golpe de Estado. De hecho, acabamos de conocer que un general fue privado de libertad por presumirlo en actividades conspirativas. Sin embargo, una iniciativa de esa naturaleza no sólo está completamente fuera de nuestro alcance y, si lo estuviese, estaríamos absolutamente en contra de su ocurrencia; pero, además, nada garantiza que quienes arribasen en su nombre representarían algo mejor de lo que tenemos. Las posibilidades de empeorar de situación siempre pueden presentarse. Y en cuanto a las propuestas, muchas se basan en la acción por sí misma, sin entrar a considerar sus consecuencias; a sus promotores sólo pareciera importarles el lado del dilema que se decanta por lo que se supone popular aun cuando el costo para los ciudadanos sea, como mínimo, ver cómo la meta de recuperar su vida y sus derechos se aleja y se desdibuja.

Acabo de leer un estupendo artículo de Paulina Gamus publicado en El País Internacional cuyo enlace es http://internacional.elpais.com/internacional/2014/07/25/actualidad/1406298118650700.html, donde identifica, lúcida e incontestablemente, cada error, cada canto de sirena, cada “iniciativa” destinada a salir ya del régimen, cuyos efectos no han hecho más que debilitarnos y desviarnos de un objetivo fundamental -y alcanzable- para lograr el retorno de la alternabilidad democrática: lograr “una mayoría en la Asamblea Nacional que pueda ir desmontando el monstruo en que ha sido convertido el Estado venezolano”.

No se trata de sentarnos a esperar la ocurrencia de las elecciones parlamentarias. Lo apropiado sería comenzar a trabajar desde ya para organizar la participación de los candidatos, la formación de los testigos y la previsión de todos los detalles que pueden hacer la diferencia. Si malgastamos todo nuestro esfuerzo en promover iniciativas que dependan de la recolección pública de firmas -con la connotación extorsiva y el desgaste que esto implica- tal vez nos falten el tiempo y la agudeza para concebir estrategias más hábiles para la defensa del secreto del voto y de los resultados. Por ejemplo, resultaría más útil aprovechar la experiencia de la Mesa de la Unidad Democrática en lo que ha sido exitosa, en su organización como plataforma electoral unitaria, en lugar de convertirla en el blanco favorito de todos los agravios e insultos y pretender transformarla en algo ajeno a su naturaleza.

En fin, muchas realidades nos estallan en las narices y, muy a nuestro pesar, seguimos teniendo dificultades para apreciarlas.

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