Con más frecuencia de la deseable, quienes discrepamos y nos oponemos a la institucionalización de un pensamiento único, que en Venezuela es el rasgo más significativo del régimen gubernamental que padecemos, hemos caído en la tentación de hacer lo mismo, descalificando inmisericordemente cualquier iniciativa que no se ajuste exactamente a lo que nuestras ideas -y a veces nuestras vísceras- dictaminen.

Pero generalmente las realidades se imponen y, tal como está empezando a advertirse en nuestro país, la nuestra nos va revelando que todos somos necesarios aun en nuestra diversidad, la cual no tiene por qué desviarnos del objetivo común de máxima jerarquía que no es otro que lograr que el Estado esté a cargo de autoridades que gobiernen para todos, de manera que recobren su significado las expresiones “interés general” o “bien común” como valores que todos debemos compartir y que fungen como elementos de cohesión de la sociedad.

Cualquier situación que requiera de una planificación estratégica, es decir, cuyo curso de acción pase por enfrentar fuerzas antagónicas, obliga a considerar la diversificación como táctica indispensable para enfrentar todos los ataques y para recoger el clamor de todos los sectores afectados e incorporarlos como aliados activos para alcanzar los objetivos perseguidos. Y esto es particularmente válido cuando la fuerza antagónica es un gobierno cuyo signo no es solo el sectarismo -que limita sus posibilidades de seguir ampliando su base de apoyo-, sino una política de confrontación que va rotando el tema y las víctimas según la coyuntura, lo cual crea el fundado temor -incluso entre aliados y simpatizantes- de que en la revolución no hay lealtades, de modo que ninguno quedará a salvo si las circunstancias obligan a recurrir a ciertos sacrificios.

Por todo ello la oposición está ante una oportunidad extraordinaria donde debe hacer de sus diferencias la ventaja comparativa en relación con el régimen. El hecho de que desde la oposición haya un apoyo irrestricto a las protestas pacíficas de los estudiantes y que algunos líderes las acompañen más de cerca y las hagan suyas no tiene por qué estar reñido con la existencia de un canal de comunicación, vigilado y monitoreado, con el gobierno; tampoco tiene que colidir con la importante iniciativa de acudir a otros países para exponer y documentar la grotesca violación de los derechos ciudadanos por parte del gobierno y menos aún pugnar con el esfuerzo encomiable de acercarse a las comunidades afectas al oficialismo con el objetivo de hacerlas cada vez más lúcidas de modo que tomen decisiones de acuerdo con sus propios intereses y criterios. Todas son tácticas válidas; la única táctica inaceptable es la que estimule o tolere la violencia.

Se perdería una oportunidad extraordinaria si, por ejemplo, en San Cristóbal y en el municipio San Diego del estado Carabobo, al margen de la indignación y el legítimo derecho de seguir protestando -que debe ser conducido inteligentemente para restarle excusas al gobierno si pretende eludir el escenario comicial- nadie se decantase por trabajar arduamente para organizar a la comunidad en función de obtener un resultado electoral demoledor, que le cobre muy caro al gobierno el costo de las abyectas destituciones y detenciones de sus respectivos alcaldes.

La diversidad y armonización de improntas, estilos o como quiera llamárselos puede ser la gran ventaja de la oposición para enfrentar las fuerzas antagónicas que desde el gobierno nos conducen aceleradamente a la inviabilidad como nación.

En estos días parecieran asomar elementos que nos animan a no descalificar iniciativas sino a hacer el esfuerzo por conciliarlas y complementarlas.

Esta semana el portal Prodavinci publicó una excelente entrevista con Henrique Capriles, en la que el periodista destacaba el sitio y el contexto en los que se realizó. Se trataba de una asamblea donde el gobernador de Miranda estaba reunido con una comunidad cuyos líderes sociales, pertenecientes a los dos polos antagónicos que hoy nos dividen, reconocían una serie de problemas comunes y se mostraban dispuestos a resolverlos en conjunto sin sacrificar sus ideas pero sin intentar imponerlas tampoco. ¿Quién puede restarle mérito al trabajo de hormiga que, contra viento y marea, sigue haciendo Henrique Capriles en las comunidades para que, como indiqué anteriormente, ganen lucidez, autonomía y reduzcan la base de apoyo del adversario?

También en esta semana quedó de manifiesto un acierto de la Mesa de la Unidad Democrática dentro de su línea de acción de mantener un canal de comunicación con el gobierno. Dentro de los mil temas que nos agobian, fue apropiada la escogencia de cuál sería el que condicionaría la continuidad o no del diálogo. Hacer punto de honor acerca de la medida humanitaria para Simonovis como tema de entrada en lugar de relegarlo para una etapa futura permitió que, sin necesidad de que transcurrieran largos períodos de desgaste, el gobierno quedase, en tiempo record, sin argumentos ante los mediadores.

Por otra parte, nadie puede discutir que son fundamentales el talento y la capacidad de organización de Leopoldo López, la valentía y dignidad de María Corina Machado y el ejemplo de resistencia civil y disciplina que representa Antonio Ledezma. Es que los problemas son muchos y muy diversos pero, afortunadamente, los talentos también. Los únicos avances reales, tangibles y reconocidos por todos los ha obtenido la oposición cuando no hemos confundido diversificación con desunión.