Internet se ha convertido para la mitad del género humano, aproximadamente 4.300 millones de personas, en un servicio casi tan indispensable como la electricidad o el agua potable. La información y el entretenimiento, presentados en todos los formatos, sea texto, imagen, audio o vídeo, han transformado nuestros hábitos y la manera de informarnos, aprender, trabajar, divertirnos y relacionarnos. Quedó atrás aquella red pobre de contenidos de la década del 90 para dar paso a lo que hoy se ha convertido en un canal robusto de interacción entre proveedores de servicios y usuarios y de los usuarios entre sí.

Esto fue posible gracias a su arquitectura abierta, democrática y neutral que permitió unas condiciones de acceso equitativas para todos, tanto para quienes aspiran a mostrarse y a ofrecer un contenido, producto o servicio en la web como para quienes desean acceder a éstos. Con el arribo de la banda ancha cobró verdadera importancia el hecho de haber concebido y construido Internet como una herramienta donde todos los contenidos estuviesen disponibles de manera igualitaria y equilibrada para todos los usuarios. La exigencia de equidad a los proveedores de servicios de Internet se consolidó y popularizó bajo el nombre de principio de neutralidad de la red.

En enero de este año un tribunal estadounidense, la Corte del Distrito de Columbia, introdujo un elemento perturbador para estas condiciones de equilibrio, ya que declaró con lugar una demanda interpuesta por la empresa Verizon, proveedora de servicios de Internet, contra Netflix, que ofrece películas o series de TV en línea. Verizon adujo que estos productos consumen mucho ancho de banda y que, por lo tanto, Netflix debe pagar una cuota adicional para que las películas viajen por una “vía rápida” y puedan ser vistas sin interrupciones ni ralentizaciones por parte de los suscriptores de ese servicio.

Esa sentencia, que contraviene toda la filosofía que ha hecho de Internet la plataforma por excelencia para la innovación y que fulmina el principio de neutralidad de Internet, hasta ahora respetado por unanimidad en todo el mundo, se traduce en la posibilidad de que haya, de ahora en adelante, una Internet de primera y una de segunda; que, desde el punto de vista de la oferta, esa “vía rápida” no puedan pagarla todos los proveedores de un servicio, que terminarían rezagados ante la imposibilidad de competir con los que cuentan con mayor músculo financiero y, desde el punto de vista de la demanda, puede suponer que los usuarios ya no reciban los contenidos de manera igualitaria y equilibrada puesto que la prioridad para transmitir aquellos que han sido favorecidos puede representar la degradación de los restantes.

Algunos países, como Chile y Holanda, ya promulgaron leyes en favor del principio de neutralidad en sus respectivos territorios. El Parlamento Europeo acaba de pronunciarse en el mismo sentido y se espera que los países miembros ratifiquen esa decisión. Hace dos semanas, Brasil, a un día de la cumbre de Sao Paulo para la gobernanza de Internet, legisló también en favor del principio de neutralidad pero su posición no fue lo suficientemente fuerte para influir en la postura de los 85 países que acudieron al evento, por lo que el tema de la neutralidad, aunque fue tocado, no maduró lo suficiente como para que diera lugar a un pronunciamiento expreso.

La burla al principio de neutralidad mediante la introducción de “vías rápidas” o “servicios especiales” que legitiman las desigualdades en el tratamiento de los contenidos transmitidos por Internet abre un panorama de consecuencias peligrosas en todos los órdenes. De entrada, como ya hemos dicho, es por sí misma un golpe a la libre competencia, pero, además, la degeneración del principio de neutralidad representa una tentación para favorecer arreglos especiales adicionales, de mayor alcance, entre algunos proveedores de servicios de Internet y las empresas que les contrataron  esa “vía rápida”, la cual podría devenir en “inviable” para los competidores y causarles perjuicios reales a los consumidores. De hecho, la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos de América se enfrenta a un problema: no puede desconocer la decisión judicial pero enfrenta un obstáculo muy serio ya que el impacto de este fallo puede frenar la innovación y el desarrollo de nuevos emprendimientos en ese país en el marco de las nuevas tecnologías, justamente uno de los rubros a los que apostaba la administración de Obama para la reactivación económica.

Las otras implicaciones de la disolución del principio de neutralidad de Internet no son económicas sino políticas y guardan relación con el ejercicio de la libertad de expresión y la participación ciudadana. Internet se ha convertido en la vía por excelencia para sortear la censura y las manipulaciones; es hoy la trinchera inexpugnable de la libre protesta y de la resistencia contra los abusos públicos y/o privados, según sea el caso, dependiendo del talante del gobierno o del poder de las grandes corporaciones a cuyos intereses los ciudadanos deban enfrentarse. La neutralidad, como principio inquebrantable, garantiza que esa ventana exista y que ese reducto no desaparezca.

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