Archive for abril, 2013


 Hace exactamente tres años, a principios de 2010, cuando resultaba inconcebible imaginar el futuro mediato de Venezuela sin la férrea conducción del hoy desaparecido presidente Chávez, el ensayo de Ana Teresa Torres llamado La Herencia de la Tribu, se convirtió en el acontecimiento literario del momento. Su tesis, rigurosamente sustentada, dio con las razones atávicas que explicaban el avance de la revolución bolivariana y nos permitió sacar la aterradora conclusión de que algunos genes de nuestro ADN cultural parecieran aferrarse indefectiblemente al héroe guerrero como modelo a seguir y al recuerdo de nuestra guerra de Independencia como la única empresa exitosa que hemos emprendido. De ahí nace el atractivo del caudillo que esté dispuesto a reeditarla en versión actualizada.

La autora nos reafirma con profusa documentación que los períodos de gobierno civil en Venezuela desde 1830 hasta hoy han sido simples paréntesis. La condición de héroe o de patriota está asociada siempre a una gesta militar y sólo en segundo término a virtudes más civilistas como la resistencia o la tolerancia. ¿Cuántas veces no hemos sabido de gente civilizada y culta que ante cada crisis política surgida en el país considera que “esto sólo lo resuelven los militares”? ¿Cómo se explica, entonces, el éxito soterrado pero indudable del fracasado golpe del 4F?

No en vano el expresidente Chávez mantuvo siempre el tono beligerante o, en su defecto, insertaba términos bélicos hasta en los temas más candorosos. Todo admitía su equiparación con una batalla: ambiental, alimentaria, de vivienda, financiera, cambiaria… y así ad infinitum. Ese fue el engranaje entre las glorias patrias alcanzadas por nuestros Libertadores y la revolución bolivariana como instrumento para la restauración de aquéllas.

Pero otro modo de hacer las cosas está despuntando totalmente a contrapelo. La evolución de la campaña electoral desarrollada por Henrique Capriles y el aprendizaje y crecimiento personal del propio candidato se están apartando vertiginosamente de la versión “artillada” de la confrontación política, aunque sin prescindir de los necesarios matices heroicos al haber optado por ir a esta campaña con plena consciencia de la desproporción de dificultades a enfrentar, al estar dispuesto a abordarla con recursos y apoyos muy limitados y, finalmente, al haberla asumido con entrega absoluta. Pero hasta allí la dosis de épica.

Cuando Henrique Capriles revocó la convocatoria de la marcha al CNE el pasado miércoles 17 de abril, aparte de desmontar “el caso penal” que estaba cantado -y que tendría su fundamento en los hechos violentos que sobrevendrían ese día por un eventual desbordamiento de las pasiones-, dio señales importantes de que estamos en presencia de un nuevo estilo. Exhibió una aplastante serenidad en un clima de alta volatilidad. Nos mostró, además, que no le importa sacrificar estrategias o perder popularidad, que es capaz de razonar “en caliente” y reconsiderar una medida por más tomada que esté, que puede dar “un paso atrás” y asumir el costo político que eso significa. Con este acto hubo una clara ruptura con el paradigma de “tierra arrasada pero independizada” que proviene de nuestro mito heroico, tan bien alimentado en la última década.

Cuando Henrique Capriles insiste en defender su posición a través de la opinión pública pero dentro del camino de la Ley, mediante la documentación de las conductas irregulares, la interposición de los recursos y la presentación de las denuncias, es decir, al emplazar a las instituciones existentes para forzarlas a actuar correctamente o quedar en evidencia -para acudir entonces a las instancias internacionales-, está adoptando la vía más lenta y aburrida, es cierto, pero está apostando al camino de la civilidad, de la primacía del uso de la razón sobre la fuerza. Ahí cobra sentido la frase que tantas veces ha repetido el candidato cuando afirma que triunfar en esta lucha (y con “estas” armas) es más importante que ganar la presidencia.

Capriles ha dejado de lado y, más bien, ha evitado reivindicar ese elemento díscolo  de nuestro ADN cultural, que no es otro que la guerra, la confrontación, el uso de la fuerza. Por el contrario, hoy en Venezuela, por primera vez en mucho tiempo, es concebible reconocer a un héroe aunque se nos presente desarmado.

Una de las personas más sensatas que he conocido me dijo en una ocasión que cuando se madura verdaderamente todos los complejos se superan. Si Capriles triunfa en las acciones que ha emprendido, su mayor logro no sería la obtención circunstancial del poder, sino el haber roto las cadenas que psicológicamente han sumido a los venezolanos en la dependencia del inconcluso pasado heroico. Capriles encarnaría algo más importante: la demostración de que, por fin, Venezuela maduró políticamente y, consciente de su complejo, pudo superar la influencia del gen perturbador para quedarse solo con la parte sana de la herencia de la tribu.

Es ampliamente conocido el impacto de las redes sociales por el empoderamiento que éstas les otorgan a los ciudadanos comunes. La oportunidad que tiene el público de librarse de la intermediación y mediatización de sus genuinos intereses no es cuento. Esa posibilidad de superar la condición de receptor pasivo de la información para transformarnos en transmisores -y hasta generadores- de contenidos que pueden influir en un determinado asunto, es una poderosa y magnífica herramienta de cambio social, cuyo alcance ya ha quedado de manifiesto en todo el mundo y ha sido objeto de estudio.

Eric Schmidt, de Google, en su informe al Consejo del Siglo XXI de la Cumbre del G-8 celebrada en París en mayo de 2011, expresó que si la apertura sigue siendo la regla, Internet propiciará que los gobiernos sean más transparentes y permitirá un grado mayor de autogobierno: “Liberar los datos gubernamentales tiene un efecto inmensamente positivo sobre el gran público”. Y añadió que la computación “en nube” fomentará la creación de nuevos servicios gubernamentales ya que muchísimas personas tendrán acceso a la misma base de datos. Por su parte, David Brin, autor de The Transparent Society (Cambridge, MA, Basic Book, 1999) fue muy gráfico al describir este fenómeno con el término sousveillance, que es el producto de la adaptación del prefijo sous a la palabra francesa surveillance (vigilancia) para significar que se trata de una “vigilancia desde abajo” y cita ejemplos del control social que los ciudadanos han hecho con sus denuncias en las redes sociales sobre temas como accidentes ferroviarios, alimentos adulterados, contaminación del aire y corrupción oficial, entre otros.

Sin embargo, paradójicamente, la misma característica que hace beneficiosas las redes constituye su flanco débil. Esa capacidad epidémica de difusión aplica tanto a las denuncias, informaciones útiles o ideas innovadoras como a las especies engañosas y los rumores infundados.

Este lado oscuro o, más bien, desventajoso, de las redes sociales desde el punto de vista de su utilidad colectiva, también está completamente demostrado. Nicolas Berggruen y Nathan Gardels le dedican un capítulo de su libro Gobernanza inteligente para el Siglo XXI (Taurus Pensamiento) a las redes sociales y reconocen las dificultades que derivan de la excesiva inmediación puesto que propicia y, a veces, hasta exacerba la falta de reflexión. Contar con “unas redes sociales que solo intensifiquen la participación y la información inmediatas no harán más que reforzar a la ´necia multitud´”. Sostienen que transformar ésta “en ´multitud inteligente´ es uno de los retos fundamentales a los que se enfrenta la buena gobernanza en la era de las redes sociales. Trasladar los procesos deliberativos al ciberespacio, intensificar la capacidad de los grupos ad hoc para recopilar información, analizarla, organizar propuestas… comparar enfoques alternativos y negociar soluciones híbridas de ´sumas positivas´ son elementos que podrían contribuir a forjar la ´multitud inteligente´(a millones de ellas) a partir de las ´multitudes necias´ que hemos conocido hasta ahora.

No he vivido en otros países como para poder opinar sobre la idiosincrasia de otras sociedades pero, al menos en Venezuela, no me cabe duda de que el hábito de ser “el más enterado” o “el primero que se enteró” de los detalles más secretos de cualquier asunto de interés general, es una práctica muy arraigada desde mucho antes de que irrumpiera el fenómeno de las redes sociales. De hecho, Federico Vegas, en su interesante novela Sumario (Alfaguara, 2010), hace una mención incidental y jocosa de esa capacidad del venezolano de contar siempre con un primo o allegado que conoce de primera mano cualquier asunto que pueda ser objeto de interés público y yo agregaría, hasta de interés insano o morboso.

En tiempos electorales, cuando el clima es naturalmente antagónico y las estrategias electorales de ciertos grupos pasan por hacer que quienes se consideran adversarios incurran en errores o desinformaciones, nuestra idiosincrasia puede jugarnos una mala pasada en las redes sociales al convertirnos en instrumentos para sabotear nuestras propias iniciativas y burlar nuestros propios intereses. En estos días circularon muchísimos mensajes, reenviados de buena fe pero muy irreflexivamente, cuya lectura detenida le habría permitido al propio emisor percatarse de que apuntaban a fines dudosos, entre otros, a retardar la organización de los movilizadores del comando Simón Bolívar, a frustrar las contribuciones a la cuenta bancaria de Henrique Capriles, a apelar a decisiones viscerales y a generar un ambiente de intranquilidad y zozobra mayor del que habitualmente tenemos. Como siempre, los mensajes decían provenir de fuentes “confiabilísimas” que nadie conoce, cuya verificación habría sido muy fácil si hubiésemos hecho uso de la misma tecnología para comprobar si los mensajes procedían o no de donde decían venir.

Para este fin de semana próximo un buen propósito sería, ante cada mensaje proveniente de esas fuentes tan “exclusivas”, tomarnos unos segundos antes de oprimir la tecla “reenviar” para analizar cuál es la lógica de lo que se nos transmite y cuál es el primer impulso que se espera de nosotros después de su lectura. Las redes sociales serán vitales en las próximas horas. Es importante que las usemos inteligentemente.