Recuerdo que de niña tuve en mis manos un libro de pasatiempos que me pareció fascinante. Entre otros atractivos, tenía una sección que contenía trazos parciales de una figura y el objetivo era identificar de qué se trataba o cuál era la situación específica a la que aludía. En todos los casos la solución del acertijo resultaba sorprendente, ya que la percepción que uno tenía al inicio cambiaba por completo cuando el pequeño trazo encajaba dentro del contexto general del cuadro. El ejercicio no sólo era un estímulo para la imaginación sino una amena advertencia acerca de la alta probabilidad que tenemos de incurrir en equivocaciones si adoptamos un criterio basado en la perspectiva limitada que suele formarse con datos tan escasos.

En nuestra vida cotidiana la limitación de las fuentes y versiones confiables sobre temas que nos afectan es un obstáculo difícil de superar en el mundo. Ni hablar de Venezuela donde, además, la política de Estado que nos “cobija” no esconde que dentro de sus objetivos primordiales se encuentran, respectivamente, el ejercicio del poder para imponer como definitiva su versión sobre cualquier hecho que desee ventilar y la construcción de una sociedad maniquea que se pliegue a la versión única que se le ofrezca, como consecuencia espontánea de un proceso bajo el cual “aprendió” a prescindir de los matices y ahora “es capaz” de examinar todo bajo el prisma de una concepción drástica previamente adoptada, sea favorable al gobierno o sea que se le oponga radicalmente. Debo aclarar que cuando hablo de plegarse a la historia única lo hago en términos amplios, de modo que me refiero no solo a la vertiente de apoyo irrestricto sino también a la de negación total -propia de una oposición extrema- bajo un escenario que procura erradicar la figura de la negociación, que es considerada traición, para privilegiar la figura de la sumisión, que es llamada lealtad revolucionaria. Todo ello como medio para retroalimentar el proceso de polarización en un esquema de poder hegemónico vs. disidencia controlada, pero, sobre todo, de actuaciones previsibles.

El primero de estos dos propósitos, relativo al logro de la hegemonía comunicacional, ha sido planteado y cacareado hasta la saciedad en un acto de cinismo institucional verdaderamente admirable. Los ciudadanos hemos sido claramente advertidos de la decisión del gobierno -y de su actuación subsecuente- volcada hacia la construcción de la versión única e imbatible acerca de una diversidad de objetivos escogidos calculadamente, sea para enaltecerlos o para satanizarlos. El hecho de decidir cómo se cuenta una historia, cuándo se cuenta, cuántos elementos y versiones se omiten o cuántos se distorsionan son factores que así como contribuyen a la creación de falsos héroes, también constituyen instrumentos idóneos para facilitar el despojo y la destrucción moral de personas honorables.

El logro del segundo propósito, relativo al nacimiento de un hombre nuevo y una nueva sociedad altamente “concientizados”, se nutre mucho de la alimentación y exacerbación del resentimiento, del fortalecimiento del morbo, del énfasis en nuestras diferencias y el desvanecimiento de nuestras similitudes, para que toda percepción pase por el tamiz de los prejuicios que todo ser humano está en el deber de superar y que, perversamente, más bien le son inoculados.

La mayoría de las veces los ciudadanos comunes no tenemos acceso a todos los aspectos que pudieran incidir sobre un tema determinado o a las distintas versiones que podrían surgir sobre éste; pero si, además, por encima de estas limitaciones, existe un plan deliberado que nos impone la versión única de cada acontecimiento mediante el expediente de reducir y frustrar las fuentes de comparación, nuestra vulnerabilidad se hace extrema y, tal como lo anticipaba el libro de pasatiempos, nos somete a la alta probabilidad de adoptar como válida la historia equivocada.

Nuestra principal defensa radica en el combate de los enfoques polarizados a ultranza y en el enorme esfuerzo que debemos dedicarle a la superación de nuestros prejuicios, de manera que no hagan presa de nosotros como la manifestación abominable que son de pereza intelectual.