Ante el desplome de los precios del petróleo en el mercado mundial, Venezuela, además del revés inmediato que representa la merma de muchos millones de dólares en sus ingresos para el año próximo, está sumida en una seria contradicción en la estrategia ideológica de su gobierno, puesto que se ha visto obligada a sostener y defender intereses coincidentes con los de los Estados Unidos de América y a promover -aunque sin éxito, hasta ahora- la política de precios altos que les conviene a los productores de ese país, la única que les permite a éstos hacer rentable su costosa y poco convencional producción de petróleo de lutitas o esquistos. Esto resulta una paradoja, pero la realidad ha abofeteado a la ideología y el gobierno venezolano, muy a su pesar, no cuenta con una magnitud de reservas internacionales suficientes para acompañar a sus socios de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en la estrategia de mantener bajos los precios para sacar del mercado a la competencia -cada vez más robusta- representada por los Estados Unidos de América.

¿Cómo es posible que, con tantos años de cuantiosos ingresos, las reservas internacionales de Venezuela no alcanzan hoy los 23 mil millones de dólares, contra los 893 mil millones de los Emiratos Árabes, los 757 mil millones de Arabia Saudita, los 410 mil millones de Kuwait o los 170 mil millones de Qatar, para no hablar de la sólida posición de otros productores no asociados a la OPEP, como Noruega, que cuenta con más de 890 mil millones de dólares en reservas? Ante esta infortunada coyuntura, ¿habría podido Venezuela estar en la situación de liderar posiciones en la OPEP y jugar con sus socios en favor de una estrategia compartida, como un miembro relevante de la organización? Si fuimos capaces de hacerlo alguna vez en el pasado, ¿contamos aún con algunas ventajas comparativas para lograrlo nuevamente en el futuro? ¿Qué hacer si las oportunidades perdidas no vuelven a presentarse? ¿Cuál fue la parte que no aprendimos de la lección?

El historiador y documentalista Carlos Oteyza acaba de presentarnos un largometraje lapidario, El Reventón III, que narra la relación de los venezolanos con el petróleo durante el período comprendido entre 1976 y 1999, es decir, desde su nacionalización, decretada durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, hasta el comienzo del gobierno presidido por Hugo Chávez Frías. Ese lapso, aunque relativamente reciente, tiene la suficiente distancia histórica para que la percepción del público no se contamine con las pasiones de la época pero, además, es interesante advertir que el documental tampoco intenta vendernos una determinada interpretación de los hechos sino que hace gala de la imparcialidad que exige un trabajo de esta naturaleza e importancia.

Es una obra imprescindible para horadar las barreras del desinterés, el desconocimiento y la desvinculación de los venezolanos con el tema petrolero, ya que está repleta de claves que nos ayudan a conocer y a formarnos un criterio propio acerca de todo lo que hay detrás de la actividad petrolera como motor de desarrollo, pero también nos insta a reflexionar acerca de lo que significa convivir con el petróleo en lugar de vivir de él.

No me cabe duda de que muchos venezolanos, demasiado jóvenes para saber que la nacionalización de la industria petrolera no es un hecho reciente, se sorprenderán gratamente al ver cómo el país no solo salió airoso de la transición gerencial sino que pudo desarrollar una visión estratégica exitosa y generar innovaciones tecnológicas notables, pero también podrán captar la distancia entre esa suerte de burbuja de excelencia y el resto del país que, salvo excepciones, nunca terminó de engranar y de conectarse con ese magnífico dinamo y se quedó en el rentismo. Dos logros destacables del documental son, en primer lugar, cómo desmonta el mito, aún muy arraigado, según el cual el simple hecho de tener petróleo nos convierte en un país rico y, en segundo lugar, cómo contribuye a generar una reflexión sobre el debate entre las posturas, siempre enfrentadas, que han defendido, por una parte, que la industria petrolera se dedique exclusivamente a producir y comercializar el petróleo y, por la otra, que se involucre en las políticas públicas y su ejecución, aun en detrimento de la propia producción y del crecimiento del negocio.

No hay que ser economista ni ingeniero petrolero para entender la enorme importancia de esa industria en nuestro país. Es necesario que la educación que se imparta en todos los niveles y ramas incorpore los contenidos que le permitan al venezolano, independientemente de su vocación o interés, entender qué significa vivir en un país petrolero, cómo puede éste aprovechar en beneficio de todos las ventajas de esa condición y cómo resulta indispensable avanzar hacia la diversificación de nuestra economía.

Debemos cambiar la montaña rusa de las altas y bajas de los precios del petróleo por un tren, con rieles estables, que transite por una ruta prevista y predecible. Es lamentable que una idea tan obvia y elemental como ésta no sea un clamor generalizado. Por eso, hay que aplaudir cada iniciativa que, como El Reventón, contribuya a crear el conocimiento y la conciencia necesarios para que comencemos a comprender qué nos conviene y cómo conseguirlo.