Archive for diciembre, 2014


Las sorpresas agradables no abundan en estos tiempos. Tal vez por eso se disfrutan más. A la que me referiré aquí abarca muchas, pero contenidas en una sola: son cuarenta y cinco emprendimientos recogidos en un hermoso libro que editó Banesco y cuyo compilador fue Antonio López Ortega. Se trata de la tercera entrega de la serie titulada “Gente que hace Escuela” que nos presenta iniciativas extraordinarias, esparcidas por todas las entidades federales del país, que el libro enmarca prodigiosamente, tanto en textos como en imágenes, a través de profesionales notables del periodismo, las letras, la fotografía y el arte en general.

Allí no se rinde homenaje a la fama, al éxito o a alguna “tendencia” popular y efímera, sino que se hace honor a la ciudadanía cabal, al trabajo sostenido, a la solidaridad con los semejantes, a la tenacidad, que vemos reconocidos en este magnífico trabajo de un modo sustantivo, serio y perdurable. El catálogo de instituciones reseñadas es muy largo para ser reproducido aquí pero mencionaré apenas algunos ejemplos que ilustran la calidad de la muestra.

En Carabobo, es notable la labor que, desde hace 27 años, desarrolla la Unidad de Transplante de Médula Ósea Doctor Abraham Sumoza como centro de servicios gratuitos de salud, reconocido internacionalmente y que funciona no sólo como unidad de transplantes sino que, además, ha entrenado a médicos de 13 países, mantiene relaciones con el Hospital St. Jude de Memphis, organiza jornadas internacionales conjuntamente con el Hospital de Clínicas Caracas y ha realizado descubrimientos e innovaciones y diseñado protocolos que han sido adoptados por centros que mantienen los mejores estándares de calidad.

En Lara, la Asociación Cardiovascular Centroccidental, mejor conocida como  Ascardio, desde 1976, no solo se dedica a la atención, de altísimo nivel, de todas las patologías cardiovasculares sino que ha puesto en marcha programas de prevención de estas enfermedades mediante la educación a la población. Desde 1979, desarrolla el postgrado de cardiología con el mayor número de cursantes del país y, recientemente, graduó la primera promoción de técnicos superiores universitarios cardiopulmonares que se ampliará a licenciatura a través de un convenio con la Universidad Central de Venezuela. Lidera y acoge la reunión anual de los postgrados de cardiología de Venezuela, donde se trazan los nuevos lineamientos en educación cardiológica. Además, mantiene alianzas con la Clínica Mayo, de Estados Unidos de América y con el Hospital de Massachusetts, que imparte programas de formación a los residentes de Asocardio.

En Mérida, el Jardín Botánico levantado en La Hechicera desde 1991, además de recibir la visita de 100 mil personas al año, se ha convertido en un centro de estudio y de divulgación científica. Ha desarrollado 10 hectáreas temáticas, un bromeliario con 18 géneros y 118 especies y muchas líneas de investigación de indudable interés para el país.

En Amazonas, la Fundación para el Desarrollo de las Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (Fudeci) tiene 40 años enseñando a las comunidades indígenas a ser productivas y autosustentables. En Apure, la red de escuelas Flor Amarillo, en alianza con Fe y Alegría, mantiene un sólido proyecto de incorporación y permanencia de niños y adolescentes en el sistema educativo formal con el propósito de alejarlos del ejercicio del trabajo infantil.

El grupo vocal Los Madrigalistas de Aragua desde 1969 ha llevado la enseñanza de la música y la cultura musical por escuelas, barrios e instituciones públicas. En Barinas, la red de Hogares Crea, fundada en 1970, mantiene en Barinitas un centro teraupéutico de rehabilitación para jóvenes adictos al alcohol y a los estupefacientes.

En Bolívar, desde 1988, la Coral Infantil Integrada de Guayana forma en el canto a niños con distintos niveles de capacidad e inclusive a niños con enfermedades terminales. Por su parte, la Universidad Nacional Experimental de Guayana, con 32 años de fundada, no solo constituye un ejemplo exitoso de capacitación profesional, cotizada en otros países, sino que genera investigaciones de primera línea asociadas a las necesidades de la región.

Todas estas iniciativas, que forman parte de las 45 que se describen en el libro, tienen en común, entre otras virtudes, la perseverancia para mantener el cumplimiento de sus objetivos a pesar de las dificultades. Antonio López Ortega les atribuye a todas, con mucho acierto, propiedades y características esperanzadoras: “Si todos estos puntos dispersos en la vasta geografía nacional se hilaran en un solo tejido, podríamos estar hablando de un país desconocido, invisible, que en cualquier circunstancia podría venir en auxilio del otro, del que es más público y notorio, añadiéndole al discurso nacional mayor acento social, solidario, productivo. Son muchos los problemas que en las décadas recientes el país ha acumulado como para no convocar a todas sus fuerzas, a todos sus empeños, a todos sus aprendizajes, en un todo unívoco y decidido a dejar las miserias y las cadenas que nos atan atrás”.

Esa es la Venezuela que silenciosamente nos convoca todos los días. Hay que oírla; hay que hacerla visible e influyente. O viral, como dirían los jóvenes de hoy

Mis mejores deseos para ustedes, apreciados lectores, en estos días de Navidad y Año Nuevo.

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Ante el desplome de los precios del petróleo en el mercado mundial, Venezuela, además del revés inmediato que representa la merma de muchos millones de dólares en sus ingresos para el año próximo, está sumida en una seria contradicción en la estrategia ideológica de su gobierno, puesto que se ha visto obligada a sostener y defender intereses coincidentes con los de los Estados Unidos de América y a promover -aunque sin éxito, hasta ahora- la política de precios altos que les conviene a los productores de ese país, la única que les permite a éstos hacer rentable su costosa y poco convencional producción de petróleo de lutitas o esquistos. Esto resulta una paradoja, pero la realidad ha abofeteado a la ideología y el gobierno venezolano, muy a su pesar, no cuenta con una magnitud de reservas internacionales suficientes para acompañar a sus socios de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en la estrategia de mantener bajos los precios para sacar del mercado a la competencia -cada vez más robusta- representada por los Estados Unidos de América.

¿Cómo es posible que, con tantos años de cuantiosos ingresos, las reservas internacionales de Venezuela no alcanzan hoy los 23 mil millones de dólares, contra los 893 mil millones de los Emiratos Árabes, los 757 mil millones de Arabia Saudita, los 410 mil millones de Kuwait o los 170 mil millones de Qatar, para no hablar de la sólida posición de otros productores no asociados a la OPEP, como Noruega, que cuenta con más de 890 mil millones de dólares en reservas? Ante esta infortunada coyuntura, ¿habría podido Venezuela estar en la situación de liderar posiciones en la OPEP y jugar con sus socios en favor de una estrategia compartida, como un miembro relevante de la organización? Si fuimos capaces de hacerlo alguna vez en el pasado, ¿contamos aún con algunas ventajas comparativas para lograrlo nuevamente en el futuro? ¿Qué hacer si las oportunidades perdidas no vuelven a presentarse? ¿Cuál fue la parte que no aprendimos de la lección?

El historiador y documentalista Carlos Oteyza acaba de presentarnos un largometraje lapidario, El Reventón III, que narra la relación de los venezolanos con el petróleo durante el período comprendido entre 1976 y 1999, es decir, desde su nacionalización, decretada durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, hasta el comienzo del gobierno presidido por Hugo Chávez Frías. Ese lapso, aunque relativamente reciente, tiene la suficiente distancia histórica para que la percepción del público no se contamine con las pasiones de la época pero, además, es interesante advertir que el documental tampoco intenta vendernos una determinada interpretación de los hechos sino que hace gala de la imparcialidad que exige un trabajo de esta naturaleza e importancia.

Es una obra imprescindible para horadar las barreras del desinterés, el desconocimiento y la desvinculación de los venezolanos con el tema petrolero, ya que está repleta de claves que nos ayudan a conocer y a formarnos un criterio propio acerca de todo lo que hay detrás de la actividad petrolera como motor de desarrollo, pero también nos insta a reflexionar acerca de lo que significa convivir con el petróleo en lugar de vivir de él.

No me cabe duda de que muchos venezolanos, demasiado jóvenes para saber que la nacionalización de la industria petrolera no es un hecho reciente, se sorprenderán gratamente al ver cómo el país no solo salió airoso de la transición gerencial sino que pudo desarrollar una visión estratégica exitosa y generar innovaciones tecnológicas notables, pero también podrán captar la distancia entre esa suerte de burbuja de excelencia y el resto del país que, salvo excepciones, nunca terminó de engranar y de conectarse con ese magnífico dinamo y se quedó en el rentismo. Dos logros destacables del documental son, en primer lugar, cómo desmonta el mito, aún muy arraigado, según el cual el simple hecho de tener petróleo nos convierte en un país rico y, en segundo lugar, cómo contribuye a generar una reflexión sobre el debate entre las posturas, siempre enfrentadas, que han defendido, por una parte, que la industria petrolera se dedique exclusivamente a producir y comercializar el petróleo y, por la otra, que se involucre en las políticas públicas y su ejecución, aun en detrimento de la propia producción y del crecimiento del negocio.

No hay que ser economista ni ingeniero petrolero para entender la enorme importancia de esa industria en nuestro país. Es necesario que la educación que se imparta en todos los niveles y ramas incorpore los contenidos que le permitan al venezolano, independientemente de su vocación o interés, entender qué significa vivir en un país petrolero, cómo puede éste aprovechar en beneficio de todos las ventajas de esa condición y cómo resulta indispensable avanzar hacia la diversificación de nuestra economía.

Debemos cambiar la montaña rusa de las altas y bajas de los precios del petróleo por un tren, con rieles estables, que transite por una ruta prevista y predecible. Es lamentable que una idea tan obvia y elemental como ésta no sea un clamor generalizado. Por eso, hay que aplaudir cada iniciativa que, como El Reventón, contribuya a crear el conocimiento y la conciencia necesarios para que comencemos a comprender qué nos conviene y cómo conseguirlo.