Archive for septiembre, 2014


La concesión de la medida humanitaria a Iván Simonovis el pasado 20 de septiembre, a través de la cual le será posible atender sus problemas de salud con sus propios médicos y recibir en su casa el tratamiento y las terapias que le han prescrito para superar algunas de sus dolencias, es un hecho trascendental que no ha dejado indiferente a sector alguno del país, dadas las bajas expectativas que la opinión pública terminó formándose sobre el tema por causa de las negativas recurrentes que, a lo largo de casi diez años, representaron la respuesta segura a cualquier planteamiento que formulara la defensa de Simonovis, fuese para lograr que se examinaran con imparcialidad las evidencias en el juicio o fuese, al menos, para atemperar sus condiciones de reclusión.

Además, el altísimo perfil de uno de los casos penales más difíciles y polémicos de los últimos veinte años ha dado lugar a que cada quien, ante la sorpresiva flexibilización del encarcelamiento del comisario, haya optado por desarrollar y divulgar sus propias conjeturas acerca de los motivos que finalmente inspiraron al gobierno a tener un gesto de compasión que desconcertó a tirios y troyanos (los radicales de ambos bandos), esos antagonistas acérrimos que, curiosamente y por razones totalmente opuestas, compartían la misma conclusión: la certeza de que sería imposible que Simonovis obtuviera el más mínimo beneficio. Un extremo, de orientación oficialista, inspirado en la creencia de que el combate de la impunidad de los homicidios cometidos el 11 de abril pasaba por la indiferencia más absoluta hacia los derechos humanos del comisario; el otro extremo, de orientación opositora, convencido de que carecía de sentido cualquier acto de defensa, cualquier planteamiento, cualquier solicitud que reivindicara algún derecho de Simonovis ante las autoridades, puesto que con esa conducta solo se estaría fortaleciendo al régimen, al actuar como si disfrutásemos de un estado de Derecho que en realidad es inexistente.

Pero, independientemente de cuál fue la gota que derramó el vaso, no cabe duda de que sólo una labor seria y consistente pudo resistir el vendaval de las presiones políticas de los partidarios que, en condiciones normales, siempre prevalecen. Iván Simonovis y Bony, su esposa y abogada, desarrollaron la estrategia más sencilla pero también la más difícil de ejecutar y de sostener en el tiempo, dada la precariedad institucional del país y el acecho constante de numerosas incidencias que afectaban la causa (procesos electorales de todo tipo, uso del caso como bandera política y como factor de polarización, cambio de funcionarios que ya conocían los pormenores del juicio, entre otras) ocurridas a lo largo de los casi diez años transcurridos desde la detención del comisario. Hubo actitudes muy concretas, sabiamente articuladas, que pusieron de manifiesto de manera apreciable una autoridad moral que se erigió por encima de tanta adversidad. He aquí algunas de ellas:

  1. La concentración en el objetivo a cumplir sin reparar en los insultos, manipulaciones o manifestaciones de oportunismo, sin abrigar odio, rencor o resentimiento por los reiterados agravios. La disposición permanente de responder las ofensas con argumentos.
  2. El estilo de defensa, sin atajos ni opacidades, manifestado desde la escogencia de los abogados (Carlos Bastidas inicialmente -QEPD- y luego José Luis Tamayo), ambos de impecable trayectoria, hasta la utilización de todas y cada una de las oportunidades del proceso para dejar documentados los hechos verdaderamente ocurridos así como la conducta procesal del comisario. La visión de futuro, la disposición de hacer un trabajo que soporte una evaluación rigurosa con el paso de los años, sin las pasiones que distorsionan cualquier interpretación seria.
  3. El apego más absoluto a la institucionalidad, al punto de emplazar incansablemente a sus representantes en todos los niveles tratándolos como personas respetables -aunque en muchos casos no lo fuesen- y procurando el cumplimiento del estado de Derecho -aunque las señales resultasen desalentadoras-. La pruebas más evidentes de lo devastadora de esta estrategia fueron, en primer lugar, el pronunciamiento del Tribunal Supremo de Justicia que, paradójicamente, al anunciar que la medida concedida en favor del comisario era temporal no hizo más que reafirmar que efectivamente no se trataba de un error o de un madrugonazo caprichoso de una jueza sino de una decisión que era del pleno conocimiento de la máxima cúpula del Poder Judicial y, en segundo lugar, las declaraciones del Ministro de Interior y Justicia que al informarle a los ciudadanos (léase, partidarios del régimen) que el Poder Ejecutivo respetaba la decisión, precisamente estaba exhortándolos a hacer lo mismo.
  4. La divulgación al público en forma constante de los pormenores del caso, incluido el fondo del asunto sin eludir ni rehuir ningún planteamiento o pregunta aparentemente incómoda.
  5. La perseverancia en todas las conductas anteriores a pesar de las circunstancias adversas que lucían insalvables.

La coherencia, civilidad y perseverancia de Bony Simonovis, en su rol de abogada y vocero principal del caso, fueron los ingredientes de una fórmula imbatible para inspirar credibilidad y obtener el respeto de millones de ciudadanos, inclusive de muchos afectos al oficialismo, dentro de cuyas filas se atrevieron a manifestar su admiración o a interceder ante las instancias que a su juicio tendrían el poder o la influencia para hacer cesar o, al menos, para mitigar en algo los rigores de esta injusticia.

Realmente fue un auténtico sacudón el que produjo el discurso del presidente Maduro el pasado martes. Fueron notables las arremetidas contra la verdad, contra la lógica y hasta contra el idioma. En primer lugar, fue un claro atropello a la verdad el hecho de negar o ignorar, entre otros, fenómenos tan sufridos y evidentes como la inflación o el desabastecimiento de alimentos y medicinas; también resultó un desafío a la lógica el empecinamiento en reforzar políticas y actores cuyo reemplazo era precisamente el objetivo que el propio Maduro venía anunciando con insistencia y, finalmente, fue doloroso el ensañamiento contra el idioma cada vez que el primer mandatario le atribuía a numerosas palabras una curiosa pronunciación que sugería que no estaba familiarizado con su manejo.

Y aunque el tono del discurso no ofreció ni la décima parte de la carga agresiva que el difunto solía imprimirle habitualmente a los propios, su contenido -o más bien, la falta de éste, el desdén por la agonía que disuelve al país- y la excesiva dosis de “más de lo mismo” podrían calificarlo como un acto de provocación ante la evidente falta de respeto a la inteligencia y a la paciencia de los ciudadanos. Y ya sabemos por experiencia que la provocación de este régimen no persigue otra cosa que acentuar la radicalización de dos polos opuestos en la sociedad venezolana, fenómeno cuya escalada invariablemente termina favoreciendo al gobierno.

No es fácil, entonces, conciliar la indignación creciente que genera la acumulación de los problemas provocados por las políticas contra natura del gobierno -o, en los casos más leves, por su displicencia- con la necesidad incuestionable que tenemos de evitar caer en el juego de la polarización política con el cual nos tientan a diario para que actuemos visceralmente, tomemos cuanto atajo aparezca, entremos en territorios facilmente criminalizables y peleemos entre nosotros mismos haciendo inviables hasta los más mínimos acuerdos que procuren las estrategias y la indispensable organización que nos permitan alcanzar los equilibrios necesarios para la recuperación institucional del país, sin la cual es imposible aspirar a un gobierno para todos sin excepción.

Aceptar que quien piensa diferente a nosotros no siempre está animado por la estupidez o la corrupción amplía la capacidad de convocatoria, indispensable para emprender cualquier iniciativa de organizar a un grupo de ciudadanos en torno a objetivos comunes. Por suerte, la conciencia de que no hay una salida pacífica sin despolarización política ha comenzado a trascender del mero discurso y está ofreciendo testimonios de indudable utilidad práctica. Identifico tres ejemplos en distintos niveles.

En el Estado Vargas funciona la Asociación Camurí Grande, nacida para afrontar las necesidades de la zona a raíz del deslave de 1999, que arrasó de manera bastante democrática con todo lo que encontró a su paso. Hoy, a sus fundadores, el Club Camurí Grande, la Universidad Simón Bolívar Sede Litoral, la Diócesis de La Guaira y los condominios de varios edificios de la zona, se han unido permanente u ocasionalmente, el Dividendo Voluntario para la Comunidad, Venezuela sin Límites, la Fundación Monseñor Castillo Toro, la Fundación Orellana, el Ministerio de Ciencia y Tecnología, la Gobernación de Vargas, la Fundación Tamayo, la Fundación Eugenio Mendoza, la Fundación Montoya, Venamchan, la CAF, Churromanía, KFC, Banco Mercantil, BNC y Citibank, entre otros. La labor de este centro, accesible económicamente para la comunidad, va desde atención médica y odontológica, servicios de sicología y optometría, educación inicial y primaria, clases de música y canto, clases de computación y oratoria, intercambios internacionales y hasta participación en la canalización del Río Camurí Grande. Su lema parece ser la corresponsabilidad y la tolerancia. Basta ver el espectro de contribuyentes y admirar cómo esta iniciativa ha sobrevivido con éxito a todos los vendavales políticos de estos últimos catorce años para advertir que sus beneficiarios deben tener un sentido de pertenencia inmune a cualquier sabotaje o manipulación.

A través de Twitter he visto iniciativas de una organización llamada @Reconocernos que procura apelar a la razón y a la inteligencia de cada quien para que intente comprender en qué consiste la visión con la cual antagoniza. En un ejercicio muy interesante se le pide a cada quien que examine una lista de aspectos que se le podrían reconocer como positivos al sector del cual discrepa. Su meta es añadir nuevos postulados a ambas listas. También han realizado actividades en zonas populares en el mismo espíritu de propiciar el reconocimiento y el respeto mínimos que hagan prevalecer la convivencia por encima de cualquier posición política.

El último pero no menos importante ejemplo lo encarna Henrique Capriles Radonsky, incansable trabajador que ha hecho de la despolarización política su emblema sin que por ello haya dejado de ejercer la crítica ni ofrecer en la medida de sus fuerzas, posibilidades y recursos, una alternativa de gobierno viable y duradera.

Algunos subestiman estas iniciativas porque no son de efectos rápidos; sin embargo, su permeabilidad es poderosa porque apelan a la empatía. Cuando se ofrece comunicación en lugar de adoctrinamiento, sentido de pertenencia en lugar de  actitud clientelar, respeto en lugar de manipulación se produce un empoderamiento genuino porque se crean redes complejas que se apoyan en la cooperación voluntaria, práctica, inteligente y solidaria en función de unos intereses comunes. Y contribuyen a forjar la capacidad de discernimiento.

Cuando se acerquen momentos cruciales de definiciones fundamentales, los lazos creados por esas redes no solo serán determinantes, serán insobornables.