Hace algún tiempo me referí puntualmente a un libro llamado “La Imaginación Moral” (Ed. Norma, 2008), utilísimo, no solo por las experiencias que relata sino por la esperanza que contagia en relación con la posibilidad real de crear escenarios de convivencia pacífica, el bien más preciado y necesario para poder aspirar a todos los restantes. Su autor, John Paul Lederach, ha dedicado su vida profesional a conciliar y mediar en conflictos políticos, religiosos y étnicos en todo el mundo. Su preocupación por el hecho de que a la entrada del nuevo siglo extraviamos el camino que nos llevaba a un mundo definido menos por causa de nuestras divisiones que por nuestra cooperación recíproca y decaímos en desarrollar nuestras potencialidades como constructores del legado colectivo que le debemos a nuestros tataranietos, constituye el gran problema que lo resume todo. Sin paz no hay desarrollo ni bienestar posibles.

La experiencia de Lederach es muy valiosa porque se ha desarrollado en medio de conflictos de mucho arraigo entre actores que más que representar intereses diferentes por razones circunstanciales (o artificiales) han sido grupos humanos que genuinamente se asumen antagónicos por razones ancestrales, al provenir de distintas etnias o profesar religiones heredadas. La inevitable comparación de conflictos de este tipo -como fueron los de Irlanda del Norte, Somalia o el País Vasco, en los que Lederach apoyó procesos de diálogo-, con la situación venezolana, donde no hay diferencias enraizadas ni  insalvables entre los ciudadanos y donde el agravamiento de los problemas colectivos está contribuyendo a mostrar que nuestros intereses comunes son cada vez más ostensibles, sugiere conclusiones esperanzadoras y confirma que nunca están agotadas las posibilidades de seguir avanzando en la ingeniería del cambio social que le puede devolver al país la viabilidad perdida.

Una de las ideas más interesantes y sorprendentes del libro tiene que ver con la revisión del concepto que todos tenemos de “masa crítica” como situación o estado que indica que se cuenta con la suficiente fuerza para obligar a un gobierno a desistir de objetivos perniciosos para el país. La percepción generalizada en relación con la masa crítica es lineal y tiene como meta el convencer a los del otro lado de que piensen como nosotros de manera que, cuando lo logremos, seremos más y conseguiremos los cambios. Según Lederach, este enfoque suele conducir a la decepción porque cuando un cambio social es “fuertemente dependiente de la atracción magnética de la oposición compartida crea una energía social que puede generar grandes cifras en marcos temporales discretos, pero le cuesta mucho sostener un cambio a más largo plazo.”

El autor cita ejemplos de conflictos prolongados donde parecía haber una masa crítica cuantitativa para derrotar la violencia y luego, las marchas y manifestaciones masivas resultaban efímeras y de corta vida. Relata que en ciertos casos hasta fueron contraproducentes ya que, cuando poco o nada cambiaba en lo inmediato, la gente perdía aún más la fe en la posibilidad del cambio. “El número de personas en la calle captaba la atención de los medios pero era incapaz de generar un proceso sostenido de cambio social”.

La visión lineal y la búsqueda de aliados con pareceres semejantes a los nuestros crean una concepción estrecha que pasa por alto muchísimas dificultades reales para que haya verdadera comprensión del cambio y para que los logros sean sostenibles. La visión de red, que propugna Lederach, “no piensa en términos de nosotros contra ellos, sino más bien en términos de la naturaleza del cambio que se persigue y cómo múltiples procesos interdependientes irán vinculando personas y lugares para llevar a todo el sistema a dichos cambios. En términos pragmáticos, el enfoque de la red se pregunta desde el principio y con frecuencia: ¿Quién debe hallar la forma de conectarse con quién?”.

Uno de los ejemplos más elocuentes de un líder con visión de red fue el extinto presidente Chávez, quien desde su época de conspirador, luego en su campaña electoral y después en su gobierno, invariablemente se saltó todas las estructuras e interlocutores formales cuando necesitaba establecer conexiones y vínculos en torno a un tema de su interés. Y si no entramos a considerar los efectos de muchas de sus políticas -los cuales están totalmente a la vista con la ruina del país- y sólo evaluamos su visión estratégica -que es lo que pretendo destacar-, podríamos decir que en esa materia resultó imbatible.

El concepto de masa crítica, según Lederach, debería identificarse más bien con la “levadura” crítica que, como todos saben, no se manifiesta en grandes cantidades para que se aprecie su efecto expansivo. Para ponerlo en sus propias palabras: “Cuando fracasa el cambio social, hay que mirar en primer lugar quiénes estaban implicados y qué vacíos existen en las conexiones entre los diferentes grupos de personas? ¿Quiénes, aunque no piensen igual ni estén situados en el mismo lugar en este contexto conflictivo, tendrían la capacidad, si se los mezclara y pusiera juntos, para hacer que otras cosas experimenten un crecimiento exponencial, más allá de su número?”.

Tanto en el sector oficialista como en el opositor hay cientos de liderazgos reales, no formales, que están conectados con las comunidades en su conjunto. Ninguna propuesta que se lance desde los medios de comunicación o las redes sociales tendrá la menor posibilidad de sumar los apoyos necesarios si no traspasa los límites del club de amigos, baja a la tierra y se mezcla con la levadura crítica de quienes están  construyendo liderazgos genuinos y con visión de largo plazo.

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