Sigue siendo abiertamente positivo el balance entre las ventajas y los males que nos ha traído Internet, cuya existencia ha resultado fundamental para hacer visibles y posibles iniciativas extraordinarias que han contribuido a mejorar la vida de muchas personas.

Gracias a la divulgación inmediata y masiva de cualquier idea, Internet ha permitido renovar el concepto de la cooperación colectiva para llevarlo a temas y proporciones impensables hasta hace pocos años. Una de las últimas tendencias es conocida como financiamiento masivo (crowdfunding, en inglés) y consiste en la recaudación de los recursos necesarios para realizar cualquier tipo de proyecto a través de contribuciones realizadas por muchísimas personas que individualmente aportan un monto muy pequeño. Inicialmente, esta forma de financiamiento nació para proyectos artísticos (películas, música, teatro, pintura, fotografía) pero ya abarca prácticamente cualquier cosa, desde desarrollo de software hasta reforestación o, inclusive, la ayuda a alguna persona en particular para que cubra los costos de una enfermedad. Muchas de estas iniciativas no tendrían la más mínima oportunidad de existir si dependiesen de los mecanismos tradicionales de financiamiento, mecenazgos individuales incluidos.

Han surgido varias plataformas que promueven y administran los proyectos presentados pero la pionera y la más importante por ahora es Kickstarter, aunque ya hay muchas otras como  Partizipa, Ulule, Lanzanos, o Goteo. Las cifras que han llegado a recaudarse en tiempo record son impresionantes: una base para un teléfono celular recibió más de un millón de dólares, mientras que un reloj inteligente que se comunica con el celular del usuario obtuvo 10 millones. Muchos proyectos bastante más modestos en sus aspiraciones económicas han superado todas las expectativas por la sencilla razón de haber contado con poder de convocatoria, decantado de distintas formas, sea por el incentivo de un retorno en caso de que el proyecto funcione económicamente, sea por la obtención de un reconocimiento a través de la mención del donante en los créditos de una obra o sea simplemente por la solidaridad que puede inspirar alguien que se dedica a mejorar las vidas de otros o que lucha contra un problema personal terrible.

El secreto de esta nueva forma de éxito parece estar basado en la transparencia, cualidad que garantiza que el público no se sienta estafado o burlado a pesar de que pueda surgir algún cambio en las condiciones iniciales ofrecidas. Un ejemplo famoso de esto es lo ocurrido con un videojuego llamado Double Fine Adventure (posteriormente Broken Age) que despertó tal interés en el público que la recaudación de 400 mil dólares que estaba prevista fue totalmente rebasada y llegó a 3.300.000 dólares. Lo curioso del caso es que los desarrolladores, ante esta montaña de recursos que octuplicaban el presupuesto estimado, decidieron aumentar la escala del juego y, lamentablemente, el nuevo monto resultó insuficiente. Como parecía lógico, las críticas en Internet no se hicieron esperar; sin embargo, lo más sorprendente fue que la mejor defensa de los desarrolladores provino del mismo público que los financió y esto ocurrió por haber tomado la previsión de mantener perfectamente informados a sus contribuyentes acerca de la evolución del proyecto y de todas sus incidencias. Este caso marcó una tendencia hacia la valoración de la transparencia como un componente importante de la capacidad de convocatoria. A esa transparencia está apelando, por ejemplo, el Museo del Louvre para nivelar el presupuesto deficitario destinado a la restauración de la Victoria de Samotracia, cuyas malas condiciones obligaron a retirarla de la exhibición pública hasta abril del año próximo para emprender su refacción.

En política, el precursor del financiamiento masivo fue Barack Obama quien recaudó 639 millones de dólares en la campaña que lo llevó a la presidencia de los Estados Unidos de América y con la que cualquiera podía contribuir con apenas 30 dólares. Así serían las expectativas que levantó.

En Venezuela, curiosamente, las manifestaciones más conocidas de financiamiento masivo han tenido que ver con el infaltable tema político y su objeto ha sido el pago, por parte del público, de multas que le son ajenas. Las más recordadas fueron las impuestas al periódico Tal Cual, al canal de noticias Globovisión y a la ciudadana Teresa Albanes en su condición de representante de la Mesa de la Unidad Democrática.

En fin, de la credibilidad y transparencia que el público perciba, dependerá siempre el poder de convocatoria para un apoyo masivo de cualquier naturaleza.

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