Archive for julio, 2011


         Hace un par de meses aproximadamente se publicó una hermosa novela titulada Formas de Volver a Casa que recrea los recuerdos de un niño de corta edad en el Chile de Augusto Pinochet. Su autor, Alejandro Zambra, tiene el enorme talento de colocarnos frente a una rendija e introducirnos en un ambiente con la visión y desde la perspectiva de un ser inocente y desprejuiciado que, por alguna razón, atesora unos recuerdos y los guarda durante años hasta que la madurez le permite comprender su significado.

Uno de los mayores atractivos de este libro es, a mi juicio, que no necesita describir hechos de sangre ni escenas desgarradoras o truculentas; su tesitura tampoco se decanta por la denuncia ya que, en realidad, a nadie se le acusa en concreto de crimen alguno; sin embargo, la novela es lapidaria por la forma vívida como pone de manifiesto un clima, un sentimiento, unas sensaciones que moldearon o condicionaron conductas que veinte años  después resultan difíciles de explicar.

Examinar lo que ocurre hoy en Venezuela bajo una perspectiva como la adoptada por Zambra puede ser una experiencia aleccionadora, porque no se trata de valorar nuestras conductas bajo tamices ideológicos que, a la hora de “arrimar al mingo”, de parte y parte, todo lo justifican. Por el contrario, de lo que se trata es de aceptar que la única medida plausible es la de poseer un grado de humanidad suficiente como para preguntarse con honestidad si, ante una orden manifiestamente abusiva e ilógica, sería posible tomar otra opción y cuál sería la peor consecuencia en caso de hacerlo.

Hay factores que obstaculizan esta reflexión porque, ante la estridencia de estilo propia de funcionarios como Mario Silva, Tomás Sánchez o el fallido Samán, por mencionar solo a tres de los emuladores más conspicuos del caballo de Atila -aquel que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba-, lucen como tibios los muy numerosos atropellos cotidianos, cometidos con más discreción y comedimiento, pero cuya recurrencia y “normalidad” contribuyen a consolidar ese irrespirable clima de atraso e incivilidad que comienza a caracterizarnos.

¿Cómo podemos calificar, entonces, la decisión que condenó a Oswaldo Álvarez Paz a dos años de prisión por haber emitido una opinión seria, calificada y documentada, acerca de las graves implicaciones que tendrían para Venezuela los hechos narrados por un tribunal de la audiencia española, según los cuales, grupos irregulares conocidamente vinculados con el terrorismo y el narcotráfico actuarían en nuestro país bajo el amparo de funcionarios del gobierno venezolano? Según el “razonamiento” expuesto,  Álvarez Paz es un penado por “haberse excedido” en la crítica al narcotráfico y a los alcahuetes que lo prohíjan, lo cual causó una “expectativa de zozobra” que no necesita ser demostrada. Pues, claro, ¿para qué?

¿Será que, ante la perspectiva, siempre al acecho, de ensañamientos más severos -como el ocurrido con los comisarios Simonovis, Vivas y Forero-, lo que toca es alegrarse y “agradecer” que la pena impuesta haya sido la mínima posible? Pues no, aquí solo cabe abrigar el único sentimiento que corresponde: el de indignación, por una decisión que no solamente atropella los derechos de un ciudadano cabal que no cometió delito alguno; decisión que, por añadidura, contraviene las más elementales reglas de la lógica y cuya aparente levedad es una ilusión porque, aunque carece del dramatismo del caso de los comisarios, igual funciona para surtir el efecto previsto, el que ya sabemos, el de contribuir al clima magistralmente descrito por Zambra, esa sensación de orfandad jurídica que todo ciudadano debe internalizar muy bien para que aprenda qué es lo que tiene que hacer: callarse y comportarse.

El hecho de que en Venezuela sea impensable, al menos por ahora, concebir bombardeos masivos a la población civil, pelotones de fusilamiento o campos de concentración no significa que no exista un entramado tangible concebido para sobrecoger y amedrentar la disidencia, el cual sólo puede articularse y fortalecerse si cuenta con el concurso de muchas actuaciones irreflexivas que, por cierto, no provienen de monstruos ni de fanáticos, sino de personas normales que simplemente anteponen su estabilidad laboral a la prevalencia de los valores y los principios en los que, incluso, probablemente creen.

Es hora de que estos seres tomen conciencia de su propia importancia y de su indudable capacidad para contribuir con el logro del objetivo que escojan: derrotar la infamia o perpetuarla.

          Dentro de las gemas que suele escoger Paulina Gamus para distribuir entre los afortunados destinatarios de su lista de correo electrónico hay un reciente artículo publicado en el excelente sitio web Prodavinci.com, que se titula “El desapego”, el cual contiene una breve pero desgarradora reflexión de la escritora Mirtha Rivero acerca de la indolencia, la insensibilidad y hasta el desamor del venezolano ante personas o causas que, a juicio de la autora, debieron haber despertado un sentimiento colectivo de solidaridad más intenso. La nota cita tres ejemplos, el asesinato de Delgado Chalbaud, la defenestración de Carlos Andrés Pérez y la muerte de Franklin Brito, para ilustrar cómo el desinterés “se instala en automático y de repente. Cuando la puesta en escena deja de ser multitudinaria, espectacular y no produce dividendos”. Se trata de una conclusión general bastante severa que, justamente por ser una generalización, pero también, un llamado de alerta ante el peligro de que terminemos desahuciados como sociedad, tiene la virtud de surtir el efecto contrario al que denuncia: no nos deja indiferentes; al contrario, nos obliga como lectores a escrudiñar en nuestro inventario de recuerdos -y a sacudir un poco nuestro ADN cultural- para identificar si es cierto o no que la desmotivación y el desinterés se han apoderado de nosotros y, si fuere así, cuál sería el grado de dificultad para desalojarlos de nuestro espíritu y reemplazarlos con sentimientos como la compasión o la solidaridad en una medida más apreciable.

Varios acontecimientos ocurridos en esta década en Venezuela pudieran contribuir a la identificación un sentimiento que, ciertamente, se ha instalado en el ánimo del venezolano, que es difícil de definir y que pudiera confundirse con la indiferencia. Sus ingredientes son la desconfianza, el descreimiento y la cautela ante la manipulación de cualquier tema de interés colectivo que termine “ensartando” a los ciudadanos comunes en iniciativas que les generen consecuencias no previstas o, si lo fueron, no anunciadas deliberadamente por los convocantes.

El venezolano, hasta hace pocos años, desconocía el significado práctico del vocablo desconfianza y no calculaba que su sencilla vida doméstica estaría signada previamente por una estrategia gubernamental de largo plazo destinada a mantener el poder a perpetuidad mediante el control férreo de cada ciudadano. Un lento y enojoso aprendizaje le ha permitido captar que su cotidianidad se decide previamente en una sala situacional con métodos originalmente concebidos como estrategias de guerra. Esta percepción, fundada o no, lo ha ido replegando poco a poco en la medida en que ha internalizado cuan sólo y desamparado estuvo ante las inescrupulosas reglas de juego que le fueron impuestas, cuan desnudo y descubierto se encontró de pronto cuando, por ejemplo, fue incorporado en listados perversos y discriminatorios a merced de un gobierno cada vez más poderoso.

Esas condiciones abusivas tal vez hasta habrían podido representar un incentivo para tomar “mayores compromisos”, pero eso sólo habría sido posible si en estos años hubiese surgido alguna forma altruista y heroica de liderazgo que asumiera los sacrificios y costos de una batalla, de la magnitud que ahora sí conocemos, a conciencia del desequilibrio en las fuerzas. ¿Quién duda de que, por ejemplo, en la crisis de Honduras, Micheletti tenía claro desde el primer día que su papel sería, única y exclusivamente, el de recibir toda la avalancha de ataques que sobrevendrían y, regularizada la situación, el de entregar inmediata, definitiva e irreversiblemente el poder a otro que pudiera ejercerlo en condiciones de más estabilidad?

Con un poder cada vez más onmímodo y un liderazgo -como contrapartida- atomizado, egoísta, calculador, lento para discernir el tempo de los acontecimientos y corto para vislumbrar la vía que permita sortear o prevenir con éxito las interminables iniciativas del líder de la revolución, no digo yo que muchos venezolanos sientan desapego; deben sentir, además, una profunda decepción y un terrible descreimiento acerca de cualquier asunto ventilado ante la opinión pública que huela a manipulación de parte y parte. Por eso muchos evitan tomar partido, no vaya a ser que les estén tomando el pelo. Pero eso no significa que hayan renunciado a ser convocados y a comprometerse con su sociedad. Tal vez, sencillamente se están reservando para quien los merezca.