Hace algunos meses me topé con una referencia que hizo Fernando Savater en relación con la estupidización de la sociedad. Con esta frase resumía su preocupación por el vendaval de tendencias y la escasa capacidad de reflexión para asimilarlas y escoger lo que conviene y lo que destruye. La reflexión de Savater guardaba relación con las revelaciones de wikileaks y la exacerbación de lo público como un valor absoluto, sin matices y sin posibilidad de que las personas tengan un resquicio de privacidad o las instituciones un margen de reserva para diseñar sus estrategias legítimas, muchas veces exitosas gracias al secreto. Pero la frase de Savater da para mucho más, porque manifestaciones de estupidez las encontramos cotidianamente, no sólo con la adopción de alguna tendencia en boga sin analizar sus consecuencias en nuestras vidas, sino bajo las formas de inconsistencia intelectual, de intolerancia y de falta de medida, todas ampliamente expandidas y cultivadas como si fueran valores y no como lo que son, desviaciones del comportamiento civilizado. Ejemplos sobran.

La muerte de Osama Bin Laden le puso fin a una etapa de la confrontación entre los valores de un sector radical del mundo musulmán y lo que convencionalmente llamamos Occidente pero, como es obvio, dista mucho de representar el fin de esa guerra. Parte de la reflexión que se impone ante esta nueva etapa es la de recordar y afianzar nuestra propia identidad y examinar con franqueza donde radica el contraste entre ambas visiones del mundo: se supone que se trata del fanatismo versus el equilibrio, de la crueldad frente a la compasión, de la manumisión frente a la libre determinación del ser humano; de modo que hechos ocurridos del “lado nuestro” como los abusos a prisioneros conocidamente desvinculados de prácticas terroristas o las manifestaciones de júbilo que se han regodeado con la muerte de seres humanos por más malvados que sean, nos coloca en una posición difícil ya que, en más ocasiones de las que nos gustaría admitir encontramos que “los buenos” tenemos inexplicables similitudes con “los malos” y nuestra opinión pública pareciera digerirlo todo gustosamente, sin cuestionamiento alguno, mostrando gruesas trazas de inconsistencia.

Durheim decía que no reprobamos las conductas por desviadas sino que éstas se hacen desviadas porque las reprobamos. Esa formulación tan lógica proviene de la certeza de que somos capaces de identificar cuáles actos nos ayudan a progresar y cuáles son los que nos destruyen como sociedad. Al margen de la tragedia venezolana, representada por la entronización de las desviaciones y su adopción como política de Estado, en Venezuela hay mucha incapacidad general para internalizar normas de convivencia y para entender y ejercer la civilidad, la cual no solo se refiere a los deberes cívicos escritos en las leyes sino a la conducta que le permita a toda persona convivir en paz con las demás y desarrollar libremente su personalidad. Un ejemplo reciente de esa incivilidad campante y rampante que nos carcome, manifestada en el caso concreto a través de la falta de medida, es la exposición pública hecha de un altísimo funcionario del actual gobierno, cuyas ejecutorias públicas tal vez no merezcan respeto, pero cuya humanidad no merece bajo ningún tipo de justificación que se le exhiba en una cama de hospital, desnudo, entubado, indefenso, víctima de una lamentable enfermedad con la cual parecieran solazarse quienes morbosamente captaron y reprodujeron las imágenes. Me pregunto si con actuaciones de esta tesitura hay alguna diferencia entre los autores de esta hazaña y ciertos sectores oficialistas cuya misión es la degradación del ser humano en su dignidad y en su libertad. Aunque, al menos, en estos últimos, esa lamentable conducta responde a una estrategia destinada a debilitar los resortes de la sociedad para perpetuarse en el poder y, además, en su disciplina revolucionaria saben que el rol que asumen es necesario pero despreciable. Serían bastante estúpidos si, como decimos en criollo, creyeran que se la están comiendo.

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