Archive for septiembre, 2010


La mayor parte de las ideas que se expresan a continuación fueron publicadas en esta misma columna en la víspera del proceso electoral celebrado el 23 de noviembre de 2008 para elegir gobernadores y alcaldes, cuando resultaba absolutamente impensable que el sector oficialista perdiera cargos emblemáticos en territorios donde la revolución era considerada un fenómeno irreversible.

Desde hace un par de años figura en Internet un vídeo realmente impresionante que recoge “La última lección” de Randy Pausch en la Universidad Carnegie Mellon, clase magistral identificada con esa denominación y que en este caso resultó cumplida literalmente.

El quid del asunto radica en que a cada profesor invitado a participar en ese programa se le pide que imagine su charla como la última que dará en su vida, de modo que el sentido de preparar esta lección estaría en el esfuerzo de aprovechar esa oportunidad única para transmitir y legarle a otros la mejor enseñanza de la que se considere capaz.

A Pausch no le fue difícil visualizar esa situación límite para cumplir con el ejercicio puesto que, semanas antes de la invitación, le había sido diagnosticado un cáncer de páncreas que ya había hecho metástasis en su organismo. A sus 46 años consideró que, con la lección que debía preparar, más que lucirse ante sus alumnos o tratar de impresionar a los miembros de la comunidad universitaria, se encontraba ante una ocasión irrepetible para que sus propios hijos de 1, 2 y 5 años, conocieran un testimonio póstumo, pero útil, sobre lo que, a su juicio, serían las claves para identificar y solucionar las dificultades que surgen pero que, al mismo tiempo, le dan sentido a la vida.

Sus sabias y sensatas expresiones acerca de la importancia de afrontar la realidad, obrar de buena fe, tener la disposición para hacer siempre nuestro mejor esfuerzo y no arredrarse ante los obstáculos, cobraron una fuerza impresionante ante las circunstancias bajo las cuales fueron proferidas: “experiencia es lo que obtienes cuando no logras lo que quieres”; “cuando un muro aparece en tu camino está por una razón, no para detenerte sino para mostrarte cuánto realmente quieres lograr”; “el tiempo es todo lo que tienes y un día puedes encontrarte con que tienes menos del que pensabas”; “si vives tu vida de manera correcta, los resultados se harán cargo y los sueños te llegarán”; “puedes escoger que el tiempo que te quede esté lleno de energía y esfuerzo o puedes gastarlo quejándote”…

En fin, como no quiero privarlos del placer de disfrutar en YouTube del ya famoso vídeo de “La Última Lección” de Randy Pausch (puede buscarse también por Google o por Wikipedia), no abundaré en mayores detalles sobre el protagonista y su cautivante personalidad.

Lo que sí me resulta ineludible es la tentación de adoptar, a título de ejercicio, la misma premisa fatalista y examinar algunas de esas enseñanzas –dados el obvio desinterés y la patente sinceridad con los cuales fueron formuladas– en función de la coyuntura tan especial a la que nos enfrentamos el fin de semana próximo.

Lo que propongo es que nos imaginemos cuál sería nuestra actitud si tuviésemos la certeza de que el próximo domingo sería nuestra última oportunidad de participar en un proceso electoral del cual dependiese, efectivamente, el rumbo futuro e irreversible de nuestra sociedad. Nuestro ejercicio consistiría, entonces, en idear como único escenario posible que nuestra maltrecha –pero perfectible– democracia estuviese amenazada por el peligro de expiración después del 26 de septiembre. En ese supuesto, ¿nos sentiríamos convocados a participar en estas elecciones, acudiríamos masivamente a votar y a observar el proceso o simplemente engrosaríamos las cifras de la abstención? Ante una hipótesis tan adversa como la imaginada, ¿aceptaríamos que probablemente la magnitud de un “muro” como ese podría guardar proporción con nuestras ganas (o la falta de ellas) de saltarlo, atravesarlo o bordearlo? ¿estaríamos sinceramente dispuestos a identificar, revisar y modificar lo que hemos hecho incorrectamente? ¿dejaríamos pasar esa “última” oportunidad aduciendo la imposibilidad de superar el ventajismo, la intimidación o la trampa, es decir, arropándonos con la cobija de la autocompasión o, por el contrario, nos dispondríamos a actuar para que “no quedara por nosotros”, es decir, cumpliendo con nuestros deberes y derechos como ciudadanos y asumiendo cada uno de nosotros el papel que nos corresponde?

La verdad es que, en el fondo, no importa cuán cercano a la realidad o cuán descaminado de ella se encuentre este ejercicio. Su posible validez, si es que tiene alguna, no depende de anticipar unos resultados y acomodar nuestra conducta en función de la “Ley del Mínimo Esfuerzo” ya que, con ello, no hacemos más que dejarnos arrebatar el control de nuestras decisiones.

En su última lección, Pausch, ya desahuciado, no pudo ser más lapidario en su optimismo cuando afirmó: “no podemos cambiar las cartas que nos han dado, sólo decidir cómo jugaremos nuestra mano”. Y el mayor prodigio de su enseñanza fue, simplemente, reinvindicar la fuerza que tienen nuestros propios actos al margen de las circunstancias que los rodeen.

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Los que menos tienen suelen desarrollar cierto instinto que los ayuda a asegurar su supervivencia. Infortunadamente, lo que suele ocurrir en sociedades atrasadas como las de algunos de nuestros países latinoamericanos es que la supervivencia, en lugar de ser una etapa dura, pero temporal, para cualquier persona que aspire a una vida digna, tiende a convertirse en una situación crónica, transferible de padres a hijos y originaria de una serie de males que termina afectando a todos los ciudadanos sin excepción. Esos círculos viciosos, que alimentan y consolidan la pobreza, caracterizados por la malnutrición, la deserción escolar, los embarazos precoces, la baja calificación de la fuerza laboral y la falta de oportunidades de sectores cada vez más numerosos de la población tienen una altísima incidencia en el incremento del ocio permanente, de la violencia, del consumo y tráfico de estupefacientes y de la comisión de delitos; todas estas circunstancias constituyen fuentes importantes del clima de inseguridad y de angustia que hoy viven sociedades como la nuestra.

En Venezuela llevamos más de diez años oyendo al vocero único del gobierno nacional hablar de programas y recursos para los pobres. Y ciertamente, nadie pone en duda que programas y recursos los ha habido; lo que no sabemos es si su diseño, administración y objetivos subyacentes permitirán que estas personas superen la fase de supervivencia, dejen atrás la relación de dependencia con el Estado y cuenten con el impulso necesario para progresar, es decir, para alcanzar los niveles de escolaridad, capacitación e ingresos que les permitan levantar una familia y lograr derechos tan importantes como los vinculados con la autodeterminación. Y es sólo en la obtención de estos resultados donde radica la superación de la trampa del populismo y la posibilidad de cambiar sociedades frustradas -donde el resentimiento y la desconfianza son los sentimientos generalizados-, por sociedades donde el ejercicio de los derechos de todos no sea una utopía ni un chiste, sino un objetivo cada vez más aprehensible.

Precisamente, en esta década, han surgido en América Latina experiencias interesantes en materia de programas sociales no populistas. En la jerga técnica son conocidos como “programas de transferencias condicionadas en efectivo” y tienen por objeto aliviar la pobreza en la generación actual y prevenirla en la próxima, mediante el aumento de los años de escolaridad de la población hasta lograr como meta que todos los jóvenes terminen, al menos, la secundaria o estudios equivalentes, dada la influencia de este factor en la ruptura de los círculos viciosos. Consisten en el otorgamiento de pequeños estímulos económicos -en dinero y otros bienes- sujetos al cumplimiento de ciertas actividades desvinculadas de lealtades políticas e inobjetables en cuanto a la dignidad personal de los beneficiarios, como sería, por ejemplo, ocuparse de que sus hijos asistan a un 80% de clases como mínimo o, en el caso de las adolescentes embarazadas, acudir regularmente al control médico prenatal y luego, asistir y obtener apoyo nutricional para el bebé, entre otras.

La instrumentación a gran escala de estos programas fue concebida originalmente en México en el gobierno de Ernesto Cedillo por Santiago Levy, tecnócrata que al fusionar varias visiones, logró el interesante detalle de asumir el concepto de dádiva bajo el matiz de dádiva-estímulo. El programa continuó con Vicente Fox y luego Lula Da Silva lo adoptó en Brasil. También Chile puso en práctica uno similar. Tal como reseña Michael Reid en su libro El continente olvidado, Grupo Ed. Norma, 2009, cada país le otorgó su propio nombre: Progresa y Oportunidades en México, Bolsa Familia en Brasil o Chile Solidario; lo cierto es que, en todos los casos, se observaron resultados tangibles que parecieran haberse traducido en credibilidad institucional y retroalimentación positiva.

En estos días me enteré de la existencia en Venezuela de un programa con estas características, llamado Progresar, que comenzó a implementar, desde fines del año pasado, el alcalde del municipio Sucre del área metropolitana de Caracas, Carlos Ocariz. Esa iniciativa, que en modo alguno antagoniza con los proyectos sociales del presidente de la República, le ofrece a los más desfavorecidos una opción adicional que siempre será bienvenida. De hecho, si el plan Progresar se impregna del estilo del alcalde -quien suele ser más elocuente con los hechos que con los discursos- y comienza a ser replicado en otras comunidades, el efecto inmediato no puede ser otro que la promoción de una sana competencia.

Con la meta de vencer las situaciones críticas, conviene también que los pobres tengan, al menos, dos pretendientes cuyas conductas comparadas contribuyan al desarrollo de su capacidad de discernimiento: que, además de aquel primer amor que ahora les exige lealtad y fidelidad hacia una visión de país que no necesariamente comparten pero que no están en condiciones de rechazar, puedan contar también con alguien que guarde respeto por su dignidad aún en ciernes, pero cuyo pleno ejercicio llegará, sin duda, gracias a esa opción, la que contempla, precisamente, la superación cierta de la etapa de supervivencia.