Archive for agosto, 2010


Quienes pertenecemos a esa generación que aspira, a pesar de haber alcanzado el medio siglo, a transitar todavía por algunas décadas más de vida útil, lo cual no luce tan descabellado gracias a los avances científicos y tecnológicos, comenzamos a tropezar con una dificultad existencial casi infranqueable: la actual escasez de referencias seguras y confiables, esas que nos garantizaron durante mucho tiempo una zona de comodidad o un punto de partida; y, también, el constante cambio de referencias -en todos los órdenes y al mismo tiempo- como consecuencia del vertiginoso desarrollo de la sociedad del conocimiento. Creo que se trata de un problema que generaciones anteriores experimentaron de manera distinta y con el cual las generaciones más jóvenes parecieran convivir perfectamente (y sortear admirablemente, Google y Wikipedia mediante).

La desazón asociada a este asunto no proviene, como es obvio, de los cambios cosméticos y seudo-simbólicos provocados por la revolución bolivariana, tales como un caballo volteado en el Escudo Nacional o el aumento en las estrellas de la Bandera. Es algo más general y profundo, cuyo impacto sicológico es tan intenso como intangible.

Cómo no padecer de cierto grado de desconcierto cuando, por ejemplo, así, de un día para otro, el sistema solar ya no es el mismo porque Plutón dejó de ocupar el último lugar de los planetas y resulta “irrecordable” el nombre de su sustituto; o cuando, contrariamente a lo que nos enseñaron, la estructura de las neuronas sí les permite regenerarse (lo cual, por cierto, no causa angustia sino que alivia); o cuando estudios serios muestran que aún si se redujesen “totalmente” las emisiones de dióxido de carbono no cambiaría en un ápice el estado del planeta; o cuando el símbolo que representó la caída del muro de Berlín no impide que hoy existan en el mundo más de 15 barreras similares entre países o entre zonas de un mismo país; en fin, cómo no extraviarse cuando buena parte de los axiomas que sustentaban la sabiduría convencional de “mi” generación se han derrumbado estrepitosamente …sin contar los que faltan por desmoronarse.

Uno de los que tuvo la inquietud de procurar la transmisión de referencias fue el periodista Ryszard Kapuscinski, quien posó su mirada atenta sobre hechos, fenómenos y personajes en los que identificó relevancia. “Hoy, para entender hacia dónde vamos”, dijo, “no hace falta fijarse en la política, sino en el arte. Siempre ha sido el arte el que, con gran anticipación y claridad, ha indicado qué rumbo estaba tomando el mundo y las grandes transformaciones que se preparaban… Si le aplicáramos a ella las categorías interpretativas que hemos elaborado para el arte, quizá lograríamos desentrañarla mejor y tendríamos instrumentos de análisis menos obsoletos que los que, generalmente, nos empeñamos en utilizar. Caídas las grandes ideologías unificadoras y, a su manera, totalitarias y en crisis todos los sistemas de valores y de referencia apropiados para aplicar universalmente, nos queda, en efecto, la diversidad, la convivencia de opuestos, la contigüidad de lo incompatible… Como el arte postmoderno nos enseña, quizá podemos darnos cuenta de que hay espacio para todos y que nadie tiene más derecho de ciudadanía que los demás”.

Otro valioso aporte lo constituyen los actuales artículos de Mario Vargas Llosa en el diario El País de Madrid. El escritor, alejado del “ombliguismo” tan común en muchos seudo-escritores de estos tiempos, no cesa de apuntar, generosamente, hacia obras de otros autores y hacia géneros y manifestaciones artísticas incluso distintas de la literatura, para que hagamos nuestros propios hallazgos y decidamos si nos satisface o no su selección.

Son sugerencias hechas con humildad, como la reseña de la Suite Francesa de Irene Némirovsky donde invita a explorar los alcances de la barbarie nazi al transmitirle a sus lectores claves que hacen irresistible abordar la lectura del libro; o

como el elogio a la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti, de quien se ocupó durante una hora en el marco de la presentación del libro El viaje a la ficción, del propio Vargas Llosa.

En otro artículo, el escritor, al referirse a la música, la privilegia por encima de su propio oficio cuando se suma a la opinión de Schopenhauer que la consideraba “el único instrumento con que contaban los hombres para comunicarse con aquella dimensión de la vida a la que no llegan el conocimiento ni la razón, esa zona oscura, divina o sagrada, de la que tenemos solo premoniciones o sospechas, nunca evidencias, salvo en aquellos privilegiados estados de trance en que cierta música excelsa nos arranca de nuestro confinamiento en lo terrenal y lo práctico y nos hace entrever, sentir, vivir por un momento de éxtasis, esa elusiva trascendencia, ese estado que los místicos llaman el ‘espíritu puro’ que encara a Dios”.

Hay que agradecer las iniciativas de quienes aún intentan proporcionarnos referencias, o siquiera claves para que nosotros mismos las encontremos, ya que no se trata de que nos persuadan con opiniones, sino de que nos muestren, o llamen nuestra atención sobre todo aquello que nos incite a la reflexión.

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 Hace más de 30 años, uno de los más lúcidos venezolanos del siglo XX, dramaturgo, director de teatro, cronista y analista político, autor de importantes ensayos y, fundamentalmente, pensador, nos regaló una obra inusual. Me refiero a José Ignacio Cabrujas quien, en el caso específico de la obra que mencionaré, no publicó un estudio sobre ciencias sociales ni tampoco desarrolló un tratado de política o sicología. Hizo algo bastante más original. Escribió “La señora de Cárdenas”, toda una lección de dignidad y superación personal envuelta en empaque de telenovela, con lo que elevó la categoría de este género hasta distanciarlo de la percepción que, como consecuencia de la vacuidad y cursilería de su contenido, lo consideraba de menor cuantía y poco merecedor de respeto. Cabrujas transformó la telenovela en un instrumento útil para proponer la ruptura con falsos paradigmas y en la herramienta ideal para inducir, en los públicos menos educados y desfavorecidos, modelajes más constructivos, dada la dosis mínima pero cotidiana de información y de asimilación de ésta que su formato garantiza.

“La señora de Cárdenas”cuenta la historia de Pilar, una ama de casa que, durante 10 años de matrimonio, amó, obedeció y dependió del señor Cárdenas, un marido seductor, proveedor y autoritario que hábilmente combinaba estas tres características para disfrutar e incrementar cada vez más su posición de poder en relación con ella. Pilar, al principio totalmente fascinada por la personalidad de quien la supo enamorar, terminó atrapada también en un juego de dependencia económica y sicológica donde sólo cabían el asentimiento y la resignación hasta en losasuntos más insignificantes, en todos los cuales se imponía, invariablemente, la voluntad de Cárdenas. La verdad es que, durante esos 10 años ella no había sido infeliz ya que, las contradicciones de su marido, sus arrestos de carácter, la ausencia de libertad de designio y el nulo desarrollo de su propia personalidad  habían encontrado compensación en la creencia de que su marido le profesaba amor y le guardaba absoluta reciprocidad en todo, de manera que era natural que él tuviese elcontrol exclusivo de su hogar y hasta de su propia vida.

Pilar recibió la gran sacudida cuando descubrió que el señor Cárdenas mantenía una relación estable con otra mujer y que ella simplemente había sucumbido a una forma moderna y sofisticada de servidumbre. Fue en ese momento cuando se percató de que durante sus 10 años de matrimonio las “reglas de juego” se habían transformado paulatinamente hasta inhabilitarla para defender sus derechos más elementales. Pilar, no sólo carecía de independencia sino que, además, le faltaba el valor para intentar conseguirla. Sus credenciales no calificaban para un intento de búsqueda de opciones laborales con un nivel de ingreso que le permitiera mantenerse a sí misma. Y Cárdenas administraba el dinero en función de la obediencia. Finalmente, Pilar recobra su dignidad perdida gracias a un largo proceso de reflexión y de aprendizaje. Ella identifica que, aunque no tenga estudios formales, es talentosa para la cocina y desde su casa ofrece servicios de catering, actividad que le devuelve la autoestima y le proporciona la independencia sicológica y económica que tanto necesita.

Con su telenovela, Cabrujas nos previno, magistralmente, contra el prototipo del señor Cárdenas en cualquiera de sus manifestaciones, sea como marido, padre, jefe o gobernante; pero también nos enseñó el antídoto.

El desenlace de “La señora de Cárdenas” resulta formidable porque la reivindicación de Pilar no está asociada al odio o a la venganza; tampoco se centra en la búsqueda desesperada de otro marido que reemplace al déspota, sino que radica en la identificación sincera y racional de las oportunidades que le permitiránvalerse por sí misma y que pongan a raya a Cárdenas para evaluar -después, en condiciones de equilibrio- si vale o no la pena continuar una vida en común con él. La escuálida Pilar de otros tiempos termina inspirando respeto; la minusválida señora de Cárdenas que carecía de fuerza para tomar una decisión es capaz de lograr que ésta se lleve a cabo de manera irreversible. Y todo gracias a la determinación que permitió que, en una primera etapa, el señor Cárdenas dejara de controlar su vida; que, poco tiempo después, el señor Cárdenas dejara de ser el centro su vida y que, finalmente, el señor Cárdenas fuera sustituido por alguien que supiera convivir civilizadamente.

El señor Cárdenas que nos gobierna ha mostrado varias veces –la última de ellas, por cierto, esta misma semana, en su entrevista con el presidente Santos– cuán dispuesto está a reflexionar, a recular y a respetar a los demás; eso sí, siempre y cuando las fuerzas entre él y sus interlocutores estén en equilibrio.

El próximo 26 de septiembre tendremos una oportunidad esplendorosa de poner a raya a nuestro Cárdenas. Por favor, no la desperdiciemos.